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Para educar hay que tener autoridad

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21 de mayo de 2018

Uno de los mayores desafíos que enfrentamos los padres hoy es formar a los hijos en una familia en la que la organización jerárquica es muy distinta a aquella en que crecimos. Los días en que los hijos le obedecían a los adultos por el sólo hecho de ser mayores “en edad, dignidad y gobierno” quedaron atrás.

Hoy reina la democracia que pregona la igualdad y por ello la estructura de mando en la sociedad -y por ende en la familia- ya no es de superiores a inferiores, sino de igual a igual. Esto significa que hoy la autoridad es el resultado, no de ser mayores sino de ser personas dignas de admiración y respeto, a la vez que las más autorizadas e idóneas en la formación de nuestros hijos.

Así, debemos cuestionarnos si somos toda una autoridad en la crianza de los niños y confían en nosotros, porque se dan cuenta que sabemos a ciencia cierta lo que debemos hacer como padres.

Vale preguntarnos, por ejemplo, si ¿sabemos cuál es el proceso de desarrollo de los hijos y qué podemos esperar en cada etapa de su vida? ¿Tenemos claro lo que ellos necesitan de nosotros para crecer mental, emocional y moralmente sanos? ¿Podemos hablarles con credibilidad sobre los peligros que el uso y abuso de drogas puede tener para su vida? ¿Sabemos qué decirles respecto al sexo y cuáles son las fortalezas que deben desarrollar para que puedan tener una vida sexual sana e íntegra como adultos? ¿Y sabemos qué decirles respecto a la bisexualidad, el sexo en grupo, el sexo oral y demás información distorsionada con que los bombardean algunos medios? ¿Tenemos claro qué impacto tiene Internet en ellos y cómo capacitarlos para que contribuya a enriquecerlos y no a deformarlos? ¿Entendemos por qué las niñas están sufriendo de bulimia y anorexia y qué hacer para que nuestras hijas no sean víctimas de tales problemas? ¿Y cómo disciplinar a los hijos para que nos obedezcan por convicción y no por temor?

Recordemos que nuestra autoridad ya no está en el poder de someter a los hijos, sino en la admiración que les inspire nuestra forma de actuar, de manera que nos quieran respetar e imitar.