Columnistas

Paremos la guerra

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14 de agosto de 2015

Desde dos frentes, claramente polarizados, hay otra guerra paralela a la que se da en los campos de confrontación. No utiliza balas, proyectiles, explosivos, minas antipersonal, aviones caza o helicópteros Black Hawk, pero destruye, confunde y desmoraliza igual o más. Es la guerra de las entrevistas en los medios, de los lacónicos twitter -que con pretensión aforística suplantan las comunicaciones objetivas, serias y académicas-, de los panfletos anónimos, de la amenaza directa, de la intimidación, de los dardos envenenados que se disparan desde los escaños del Congreso, de los giros semánticos para decir nada o disfrazar evidencias, de los malabares y sutilezas en el manejo del lenguaje, de los gestos, las predicciones, las premoniciones, las valoraciones irresponsables de la historia de dolor ya registrada, de las palabras mentirosas que describen escenas inventadas o hechos irrefutables que periódicamente ponen en jaque la esperanza y dan alas a la guerra.

¿Cómo aspirar a culminar con éxito un pacto de paz en La Habana si no somos capaces de llegar a acuerdos mínimos entre nosotros mismos? En este episodio nebuloso parece que las dificultades no estuvieran al otro lado, sino en la propia casa. Esperamos reconciliación y paz con la insurgencia, pero, afincados en afanes revanchistas, intereses personales y reconocimientos sociales, no logramos encontrar canales para llegar a acuerdos en los núcleos más cercanos. La primera guerra que urge parar es la semántica y retórica, con recurso de palabras inútiles y ociosas, sin claro hilo conductor, y que apuntan, más a malos entendidos que a claridades sobre el proceso.

Y digo “paremos” la guerra, en primera persona plural, porque da la impresión de que muchos solo miráramos a La Habana, como si fuera una página de historia ajena en la que no tuviéramos corresponsabilidad. Desde las dos orillas estamos atentos para controvertir y poner palos en la rueda. Pero nuestro papel no es permanecer sentados en el sofá esperando enterarnos por la radio o la TV sobre qué giro han dado las conversaciones. La mayor contribución está en no permitir que nos envuelva la bola de nieve de la polarización, de las posiciones radicales e inamovibles, y con análisis responsables abrir las mentes a opciones que nos acerquen a la esquiva paz.

Es evidente y comprensible que, tanto la expectativa de un cese bilateral al fuego como la interpretación de una justicia transicional, despierten escozor y desconfianza en muchos sectores de la población colombiana, pero esas parecen ser las luces que destrabarían el nudo de los acuerdos, una vez se entregaran las armas, se diera el compromiso de no repetición del conflicto y se garantizara la reparación a las víctimas, con la intervención efectiva de la Comisión de la Verdad y de una fiable veeduría internacional.

No podemos perder de vista que estamos negociando un proceso de paz, y que ningún pacto de esta índole llega a buen término si las partes implicadas no están dispuestas a ceder en algunas de sus pretensiones, y persisten en doblegar o aniquilar al contrario. No hay otra forma de avanzar en los acuerdos. Las negociaciones en las que no se cede, se estancan, porque negociar y ceder son dinámicas inseparables en este tipo de diálogos. Procesos alcanzados mediante el sometimiento terminan siendo escenas frágiles que dejan cepas de inconformidad con obvias posibilidades de multiplicarse. Aunque duelen y pueden tener altos costos -no solo económicos- puntos de encuentro siempre habrá. La habilidad de los responsables de la mesa de diálogos está en encontrarlos, y conseguir la disposición de los negociadores y de las bases populares para aceptarlos.