Paz y guerra electoral
Faltan ocho meses para las elecciones locales. Es relativamente poco tiempo si se considera todo lo que está en juego. Estas serán elecciones particularmente trascendentales. La configuración política que resulte de los comicios condicionará la implementación de un eventual acuerdo de paz.
La política local ya es bastante compleja. Muchos intereses están en juego y el botín es grande. El ingrediente de la paz la torna aún más enmarañada y añade valor a los votos por el poder local.
Asumiendo transparencia y fe en lo público, lo que se está desenvolviendo es la democracia local, en sentido noble. Hombres y mujeres compiten por los votos de sus conciudadanos para representar los intereses del conjunto mediante programas políticos que ejecutarán, si son elegidos.
Reconociendo intereses personales, lo que se mueve es una confrontación por el poder y la capacidad de usarlo para lo que sea, limpia o suciamente. Desafortunadamente, asumir que habrá corrupción en “sus justas proporciones” -como apuntó un expresidente colombiano- no es una calumnia infundada.
Con el ingrediente de la paz, el botín local adquiere otro valor. Los concejos, alcaldías, gobernaciones y asambleas serán capturados para demostrar que, sin importar lo que se pacte en La Habana, los destinos de la nación pasan, también, por transar con el poder local y sus patronos nacionales.
Los partidos políticos saben que se preparan para una cruzada cardinal. Además del desenfreno ordinario por capturar puestos y contratos, el resultado del certamen les permitirá a los barones electorales plantarse frente al gobierno y decir: además de la guerrilla, la paz es conmigo.
No es una perspectiva muy alentadora, puesto que los intereses que mueven la contienda no son necesariamente públicos ni se dirigen a contribuir al progreso de la nación. Por el contrario, lo que buscan es recordar que el poder público se transa.
El gobierno y las guerrillas tienen que saber lo que se avecina. Corriendo de manera paralela a su negociación, se configura una trascendental disputa por la captura de las instituciones públicas en lo local. Los resultados marcarán el territorio como un señor fija su feudo. Cada uno de los puestos locales se peleará férreamente con la intención de robustecer el poderío y la influencia de partidos políticos de oposición al gobierno de los “Unidos”.
Además de la maquinaria regular de los partidos tradicionales, veremos candidaturas y alianzas sorprendentes que, más que revelar las dinámicas de los conflictos entre elites locales, estarán mediadas por una pretensión de reclamar concesiones para dirigir el futuro de paz que tanto se promete. Los hilos de la política tirarán más suciedad que lo que se acostumbra.
Interpreto, así, las vociferantes oposiciones al proceso de paz del Centro Democrático, no como bloqueo al proceso de paz sino como una alarmante admonición al gobierno y a la sociedad sobre su poder en algunas regiones de Colombia y su proyección de ganar las elecciones en lugares que nadie espera. Consideren, por ejemplo, cómo sería la implementación del acuerdo de paz en Huila, Meta, Caquetá o Guaviare, si el Centro Democrático se toma buena parte del poder local.
Conoceremos oficialmente a los candidatos a finales de junio; la polarización será evidente, también lo será la violencia. El resultado de la contienda será tan importante para el desenlace de la paz como el mismo acuerdo. Ojalá se imponga el interés público.