Columnistas

Pequeñas historias (3)

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04 de diciembre de 2014

Como he procurado hacerlo apenas empiezan para muchos las vacaciones, me tomo el atrevimiento y comparto con mis lectores de siempre dos historias más que han nacido Desde el cuarto:

El hombre y su perro

Él salía al balcón antes del amanecer con esa pijama azul de pantalón corto, con los ojos aferrados todavía a una sábana y con un perro de crespos blancos que no se perdía la encendida del cigarro ni la caída de pavesas. Ambos se suspendían en el tiempo y se adormecían sin importar el frío. Ninguno de los dos cargaba reloj.

Esta mañana el hombre de cabellos, también crespos y blancos, salió al balcón y no se sentó en la silla de siempre sino que permaneció de pie con sus manos aferradas a la baranda, fumó y creo que lloró. No hubo al amanecer perro blanco que lo consolara.

El músico

Desde el cuarto piso llegué a escuchar una flauta y un saxofón a horas dispersas, en apartamentos distintos y en líneas melódicas que no pronosticaban ningún futuro en el primer instrumento, pero sí técnica y maestría en el segundo. La flauta no dejaba de interpretar las mismas melodías que me hacían recordar mis trágicas lecciones con un profesor que recién había sido despedido de una orquesta colombiana y, por lo mismo, daba las clases de música en el colegio con una amargura que nos alejó a varios de sentir pasión por los vientos.

El saxofón tenía personalidad, se oía duro y sabía improvisar en los últimos minutos ritmos que me hacían sentir nostalgia por no poder hacer con un instrumento más que apreciar sus acabados, sus detalles, su impacto visual, el tipo de material. Me imaginaba entonces la pasividad de quien interpretaba la flauta, seguramente sería una niña no mayor de 12 años que no paraba de mirarse los dedos lentos, dudosos y frágiles; y me imaginaba el segundo completamente transformado, sudor en la frente, con los ojos fijos en los bares nocturnos de jazz en Nueva Orleans.

Después de minutos de ensayo en el primer instrumento y de horas en el segundo, la flauta era suplantada por pájaros y al saxo lo silenciaban los grillos. Era entonces cuando dejaba escapar silbidos de mis labios y me iba pensando por los pasillos de casa que, sin importar las palabras de una amiga: “Tus manos son muy grandes para tocar violín”, al día siguiente averiguaría las clases en alguna academia. Eso mismo lo he repetido en tantas tardes cuando escucho los vientos que me recuerdan que mi intención pesa tanto como un piano de cola.