Perdón
Cada año, alguien me pide con mucha solemnidad que le revise unos textos escritos por unos niños que habitan una vereda del Oriente antioqueño. Los textos se publican con la ayuda de un grupo de gente convencida de que es necesario darles un espacio a los niños para que digan lo que piensan de este mundo que los adultos hemos construido (o destruido) para ellos. Me sorprendí al ver que los textos más extensos eran sobre el perdón y el miedo.
Al terminar de leerlos, pensé mucho en el perdón, en lo necesario que sería para el país que todos hiciéramos el ejercicio de escribir los perdones que quisiéramos conceder, aun sin que se nos hayan sido pedidos. Hay solicitudes de perdón que nunca llegan, aunque las esperemos con el alma. A veces, aunque la rabia se haya ido, uno quisiera que el otro tuviera la gallardía de mirarnos al menos la cicatriz con una pizca de empatía; pero eso no pasa casi nunca, porque hay gente que va por la vida dando tumbos y golpes sin notarlo. Hablo de quienes amamos y terminan haciéndonos daño, porque cuando se trata de un desconocido la cicatriz no duele tanto, o eso creo yo. En muchos casos, no se trata ni siquiera de mala intención, sino de simple torpeza, de una discapacidad terrible para ponerse en el lugar del otro y mirarlo a los ojos.
En esas, mientras repasaba mi lista de perdones y ofensas, me empezaron a llegar microhistorias de una amiga que estaba en Vietnam. Me contaba con asombro que los vietnamitas tenían una expresión de calma en el rostro que no había encontrado jamás en ningún otro lugar. Poco a poco me fui dejando envolver por el hilo de su diario de viaje, y fue así como terminé en la Autopista Uno, escenario de una de las fotos más famosas de la guerra de Vietnam. En la foto se ven varios niños corriendo, militares y quizá dos periodistas. Hay muchas personas en la escena, sin embargo, lo que recordamos de la imagen es la cara de horror y la desnudez de una niña que corría para alejarse de las llamas ocasionadas por cuatro bombas de napalm lanzadas sobre una Pagoda (templo budista). La imagen tuvo el poder de cambiar el curso de la guerra; han pasado 45 años y los vietnamitas se ven tranquilos trabajando en los campos de arroz. Hay, sin embargo, una parte de la historia que siguió a la foto y no conocemos. Lo que no sabemos es lo que puede sentir una niña que sobrevive a sus quemaduras y tiene que seguir mirándose congelada, para siempre, en un instante de horror.
Kim Phuc, “la niña del napalm”, escribió un libro con su testimonio sobre el perdón que debería haber tenido mucha más trascendencia que la foto. Una imagen puede detener una guerra , pero si aprendiéramos a mirarnos desde el dolor y a ejercitarnos en la compasión y en el perdón, quizá podríamos evitarla.