Perdón por el gol
A James Rodríguez
Cuando ustedes juegan en el exterior, es Colombia la que juega. A muchos, poco nos importa que ganen los equipos para los que sudan. Suficiente con que se luzcan. En los juegos del Bayern contra el Real Madrid “demostramos” que Zidane tacó burro cuando sentó 80 millones de euros en la banca, haciendo pucheros y carrizo. Sacaste tiempo para dar cartilla de solidaridad a fin de que atendieran a un colega averiado, en momentos en que se marchitaba el tiempo. Gestos de esos, tan grandes como los meódromos de Munich, no venden en la tienda de la esquina. Ojalá no te rebajen el sueldo ni te silben los aficionados teutones. Ahora, lo que este antiguo interior derecho de barrio no te perdona, es haberte disculpado, casi que arrepentido, de hacerles un gol a los que te pagaban la quincena. Pendejísima costumbre esa. Gol sin celebración es como un soneto sin el primer cuarteto y sin el último terceto. Que no se repita, Herr Rodríguez.
A Gustavo Álvarez Gardeazábal
¿Cómo así que regalaste 3 mil ejemplares de la renovada y cuasi cincuentenaria novela “Cóndores no entierran todos los días”? Bella y fina la nueva edición del Fondo Editorial Unaula. Por no circular profusamente como tú, no seré enterrado de pie ni en el cementerio de Circasia, Quindío, donde no te aceptaron, ni en el viejo de San Pedro donde te darán posada al lado de tu paisano Jorge Isaacs y de Tomás Carrasquilla, con gigantesca escultura incluida, que ojalá no se tire el entorno. Eso sucederá cuando desocupes el amarradero. Me contentaré con vivir mi eternidad en Jardines de Paz en relajada posición decúbito dorsal. Suelo visitar el lugar para irle cogiendo el sabor al más allá.
A un amigo furibista:
Felizmente, no me has retirado el saludo ni la mirada. Varios furibistas, parientes, amigos y relacionados me ven atravesando un paso cebra o viendo pasar el metro, y de una me aplican las cataratas del general De Gaulle, quien en los besamanos del Elíseo solo veía a los que le interesaban. Muchos no me volvieron a invitar a correr un catre, doblar una esquina, ni empujar un carro varado. Todo porque este negro no madruga ni madrugará a detestar a Santos que desarmó a “lafar”, y porque estoy esperando que llegue el día de elecciones para tirarme en plancha a votar por De la Calle, mi ateo de cabecera. Si perdemos porque no colabora la Chinca de La Estrella -no la de Chiquinquirá, Boyacá, que vive muy ocupada- tengo planes b (Vargas Lleras), c (Fajardo) y d (votico blanco como la nieve). Estoy lejos de los zapatos crocs y de los ferragamos. Claro que le pasé memo a mi candidato por contradecirse en lo de Santrich. Tal vez angustiado porque la nueva democracia de mil encuestados no lo favorece.