PERDÓN, SÍ. IMPUNIDAD, JAMÁS
La justicia es un principio moral que da a cada uno lo que le corresponde, según la definición del diccionario. Esto, en teoría, porque en la práctica, en especial la colombiana, muchas veces se va por el boquete oscuro y profundo de la impunidad, que parece premiar con la invisibilidad y el olvido a quienes cometen delitos de todo tipo.
El 1 de noviembre de 2009, en una discoteca de Medellín, fue asesinado Daniel Sánchez Rivera, un joven estudiante de veintidós años, a manos de Andrés Felipe Gómez Hoyos, quien minutos antes había sido expulsado del lugar por mal comportamiento y, en represalia, regresó armado, disparó indiscriminadamente, mató a Daniel, dejó tres heridos y huyó, como si nada.
La madre de Daniel, Consuelo, motivada por el dolor de su pérdida, no bajó la guardia un solo minuto. A través de las redes sociales lideró una campaña de búsqueda del asesino para que la muerte de su hijo no fuera una cifra más en las indignantes estadísticas de los crímenes impunes. ¡Y tanto va el cántaro al agua que finalmente se rompe! El pasado sábado 22 de septiembre el homicida fue capturado. No valió de nada esconderse tanto tiempo, cambiar su aspecto físico drásticamente, ni creer que su hecho ya hubiera sido olvidado. Ahora pagará una pena de cincuenta años en prisión, condena que le fue proferida como reo ausente desde 2012.
Consuelo y su familia descansan. Sin revanchismo y sin sentimientos de venganza, sienten que les han quitado de encima el peso de la infamia, de la indolencia y de la impunidad. Y aunque saben que nada les devolverá la vida de Daniel, para ellos ha terminado la sensación horrible que producen la impotencia y la sinrazón de la injusticia. En Colombia hay innumerables familias pidiendo lo mismo, en uso de todo su derecho, y otro tanto como la familia y los amigos de Felipe Gómez, encubriendo un delito y un delincuente por amor o por temor, que envían el mensaje desafortunado de que no siempre el que la hace, la paga.
En un país donde reina el crimen, Consuelo nos da una lección contundente: No darse por vencidos, no parar, no dejar de preguntar en las instancias pertinentes, no claudicar ante la indiferencia ni resignarse ante la paquidermia de algunas autoridades. Es eso o aceptar que nuestra sociedad padezca el rigor de la ley de la selva, que opera bajo el dominio del más fuerte.
No nos llamemos a engaños: Falta mucho, si acaso ocurre algún día, para que recobremos “la majestad de la justicia”, para que se “descorrompa” y sea pronta, imparcial y objetiva, ceñida a las normas y no a intereses particulares ni a presiones indebidas.
Una vez capturado el homicida, mirando a los ojos de los familiares de su víctima, pidió un perdón tardío. Su compasión les alcanzó para oírlo, como en confesión sagrada, sobre el infierno en el que se convirtió su vida desde aquella noche trágica. No solo acabó con Daniel, dijo, sino también con la tranquilidad de dos familias y con sus sueños por culpa de un momento de locura, una decisión equivocada y una mala asesoría después de semejante yerro.
Consuelo y su familia lo tienen muy claro desde hace nueve años: Perdón, sí. Impunidad, jamás. Y aplica para todo....