¿Ponerle el alma?
Hace unos meses, una amiga contó una historia de esas que se oyen una vez en la vida. Su abuela fue hospitalizada y ante la urgencia de encontrar un documento, las mujeres de la familia decidieron voltear la casa: vaciaron armarios, abrieron cajones y buscaron el papel sin dejar ningún rincón invicto. Después de varias horas, la mamá de mi amiga buscó debajo de la cama.
No había nada hasta que decidió levantar el colchón y lo vio extrañamente abultado. Al llevar unas tijeras y examinarlo, descubrió lo inimaginable: estaba lleno de billetes y entre la tela había más de 300 millones de pesos. Por fin la familia entendió las abstinencias de la abuela, quien durante años se negó a salir de vacaciones y en la casa instauró un régimen de austeridad militar. Cuando le preguntaron por qué había guardado el dinero ahí, respondió: no confío en los bancos. Aunque historias como estas son escasas, constantemente se oyen relatos de insatisfacción y frustración de cercanos que se quejan de esas entidades.
De acuerdo con un reporte de Asobancaria de octubre, 22,7 millones de colombianos tenían, entre enero y marzo de este año, algún producto de ahorro o crédito. Y cada vez más personas los ven como opción para comprar un apartamento o ahorrar para un viaje. Además de esto, los bancos colombianos siguen creciendo. Según un informe de la revista América Economía de este año, entre un ranquin de los 250 bancos mayores de América Latina, cinco bancos colombianos están entre los 50 más grandes de la región.
Bancolombia es el primer banco ubicado en el lugar número 17 y seguido por el Banco de Bogotá en el 22. A este le sigue Davivienda en el 28, continúa el BBVA en el puesto 36 y finaliza dentro de los primeros 50, el Banco de Occidente en el puesto 43.
El crecimiento de estas entidades se debe a sus inversiones y al dinero que les han confiado las personas y empresas. Un porcentaje menor de sus ganancias se debe a las comisiones bancarias. Cobran casi por todo dependiendo del banco: por el manejo de la tarjeta, si retiras tu dinero en un cajero de otra red, si consultas el saldo de tu cuenta por teléfono. Sus cobros a veces obligan a los pequeños negocios a cancelar la opción de vender a crédito a través de datáfonos. “El mes pasado vendimos tres millones con tarjetas y tuvimos que pagarle 600.000 al banco”, cuenta una empleada de peluquería.
Cada semana uno escucha historias o vive las propias: la triste y baja rentabilidad de los ahorros o CDT, los riesgos de inversión y ciertos trámites o negativas. O recuerda casos como el de la amiga que fue reportada a Datacrédito por una suma de siete pesos que estuvo en el sistema varios años y desconocía deber después del paz y salvo y de cancelada la tarjeta. Aunque en Colombia los bancos sufren por la sagacidad de los fraudulentos y eso cuesta, cada vez crecen más. Por eso, cuando hablan de su éxito, pierdo un reclamo o veo fotos de gente sonriente en sus avisos de publicidad, me pregunto ¿de qué están hechos los bancos? ¿Dónde tienen el corazón y el alma que pregonan? ¿A costas de quién están creciendo?.