Columnistas

POR EL CIUDADANO ANÓNIMO E INVISIBLE

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08 de abril de 2019

Me despierta simpatía intelectual, que no ideológica, un profesor español y político socialista muy activo, Ignacio Urquizu, con quien coincido en tres afirmaciones sensatas: Para dignificar la política no tenemos que criminalizar al adversario, un país avanzaría mucho más si se estructurara en torno a consensos con otras fuerzas políticas y “la política es diálogo con la gente que no piensa como tú”.

Me llama la atención el libro de Urquizo, “¿Cómo somos?, un retrato robot de la gente corriente”, de Edit. Deusto. Define rasgos propios del hombre medio, del tipo común, del uomo qualunque, del transeúnte, mucho más interesado en los problemas de la ciudad, el país y el mundo y en la política de lo que los mismos políticos puedan conjeturar.

Es el mismo ciudadano al que no ven. Se le invisibiliza, aunque está presente en todo y es tan común como el oxígeno. No es originario de una capital sino de una ciudad intermedia y por eso no suele puntuar en las encuestas. Decide siempre, aunque no figura en los planes y estrategias de los que llegan al poder. Se le emite abundante información, pero la que él pueda emitir no merece la pena para el gobernante, así en los eslóganes se insista en que se cuenta con él.

Por ejemplo, al estrechar calles que mejoraban la movilidad de vehículos, para abrir senderos peatonales, a ese ciudadano invisible no se le pregunta si él cree que tales proyectos sean importantes, si necesita esas vías, si va a caminar por ellas. Entiendo que, en Medellín, a ningún vecino de la calle 30A, o de las paralelas a la canalización de La Picacha, le consultaron, antes de empezar las obras, si las consideraba indispensables y convenientes o sobre el daño emergente o el lucro cesante que podrían causarle.

Los gobernantes, locales, regionales o nacionales, en cualquier lugar del mundo, creen que conocen a mucha gente, pero la desconocen. La intuyen, si acaso. Suelen ignorar que el hombre medio, el ciudadano invisible del libro de Urquizu, es el que forma las mayorías, el que decide en unas elecciones y el que podría expresar sugerencias y puntos de vista más calificados, realistas y útiles que los del burócrata arrogante que planea la ciudad en abstracto.

Guardadas las proporciones espaciales y temporales, esta obra de Ignacio Urquizu es tan oportuna para la España próxima a unas elecciones como para la Colombia que renovará los poderes regionales en este mismo año. Dudo que los candidatos piensen, por fin, en el hombre medio, en el que no se consulta, en el ciudadano invisible pero que piensa, opina, vota y decide y recorre las calles y sabe qué le hace falta al vecindario.