Por el respeto
Hay un autor que, creo yo, he mencionado en algunas de mis columnas. De no ser así, me parece que es bueno hacerlo, más en estos tiempos donde las palabras de este sociólogo norteamericano son pertinentes en ese intento por reconocernos mejor como sociedad. Uno de los libros que más he leído de Richard Sennett se llama “El respeto”. Casi siempre vuelvo a él desde los subrayados que voy dejando, muchos de ellos ocupan incluso páginas enteras. Una sombra de lápiz debajo de las líneas me dice: vuelve a leer esto, parece que vale la pena eternamente. Y yo lo hago y debo decir que nunca me he decepcionado, es más, a veces vuelvo y subrayo sobre lo subrayado y me quedo con un montón de ideas que me hacen sentir que no es difícil llegar a ser un buen ser humano, que si tuviéramos al menos una de ellas en las venas y el corazón seríamos, sin dudarlo, una mejor sociedad.
Miren nada más el principio del libro: “La falta de respeto, aunque menos agresiva que un insulto directo, puede adoptar una falta igualmente hiriente. Con la falta de respeto no se insulta a otra persona, pero tampoco se le concede reconocimiento; simplemente no se le ve como un ser humano integral cuya presencia importa. Cuando la sociedad trata de esta manera a las masas y solo destaca a un pequeño número de individuos como objeto de reconocimiento, la consecuencia es la escasez de respeto, como si no hubiera suficiente cantidad de esta preciosa sustancia para todos. Al igual que muchas hambrunas, esta escasez es obra humana; a diferencia del alimento, el respeto no cuesta nada. Entonces ¿por qué habría de escasear?”.
Al mundo le hace falta respeto, respeto por las diferencias, por los niños, por las mujeres, por los ancianos, por los animales, por las culturas, por los migrantes, por los migrantes, por los migrantes... por todo. Sin respeto disminuye el valor del otro y por eso tantas personas son tratadas como un pedazo de algo, como una cosa que fácilmente puede reemplazarse, o no ser incluida o no ser aceptada; así las cosas, estamos abocados a la desintegración del objetivo fundamental como sociedad: las ganas de descubrir que alguien más puede hacerme mejor persona, puede llevarme a descubrir lo que nos permitiría vivir mejor en este mundo, en armonía, en integración, en solidaridad.
No valorar las diferencias, creerse superior, humillar al otro es una falta de respeto, y el respeto en este mundo tendría que ser tan prioritario como el cuidado del agua; tal vez así nos ahorraremos las muertes de odio y de sed.