¿Por qué el “spin” es bueno para la democracia?
Por David Greenberg
redaccion@elcolombiano.com.co
Entre el discurso del Estado de la Unión del pasado martes y el debate republicano del jueves, y con la temporada de primarias que se aproxima, esta semana bien podría ser la cima del ‘spin’ para la campaña del 2016. El Presidente Obama está defendiendo su legado, los republicanos en el Congreso lo están atacando, los candidatos están tratando de tumbarse unos a otros, y aquellos dedicados a la opinión nos están cubriendo con su propio ‘spin’.
Vale la pena recordar que la palabra ‘spin’ es relativamente nueva. En 1960, cuando los debates entre Kennedy y Nixon primero salieron al aire, las campañas no enviaban voceros suaves después del evento para explicar por qué su hombre había ganado. Pero en los años que siguieron, la era de la ‘brecha de credibilidad’ de Lyndon B. Johnson, a la prensa le empezó a fastidiar la idea de transmitir pasivamente los mensajes del presidente. Los periodistas empezaron a insistir en ofrecer más análisis, para frustración de presidentes como Richard M. Nixon quienes preferían controlar la narrativa.
Los políticos aprendieron que tenían que conseguir sus propios sustitutos al aire, ya fueran periodistas partidistas, críticos contratados o lambiscones despreciables. Con los debates entre Ford y Carter en 1976, las cadenas empezaron a exhibir a estos seleccionados voceros. En 1984, la artificialidad de estos esfuerzos se había vuelto tan transparente que los parlanchines contratados fueron llamados ‘spin doctors’. En 1988 estos animadores eran tan numerosos que los periodistas bautizaron el corredor donde se congregaban el “Spin Alley” (Callejón del Spin o Salón de Spin).
El concepto de spin rápidamente se convirtió en parte de la cultura. Los años siguientes produjeron la banda de rock llamada ‘Spin Doctors’, la comedia política “Spin City” y el documental cómico “Spin”, compuesto por imágenes satelitales que capturaban a los políticos detrás de escenas, expuestos, puliendo sus mensajes para el consumo público.
La palabra ‘spin’ tiene una connotación un poco diferente a los nombres antiguamente usados para referirse a la expresión persuasiva. A principios del siglo XX, el término preferido, ‘propaganda’, implicaba a una ciudadanía pasiva manipulada por políticos poderosos. En los años 50 y 60, la ‘administración de noticias’, de la burocracia de la Guerra Fría, evocaba presidentes estrictamente controlando el flujo de información.
En cambio spin tiene una cualidad traviesa; no se toma demasiado en serio. Spin guiña el ojo a su propia exageración de la verdad. Señalan a los periodistas que lo transmiten y a las audiencias que lo consumen que están recibiendo una versión parcial, y hasta poco sincera, de los eventos.
En tiempo de cinismo, las audiencias tienen que encontrar la manera de encontrar placer en la política. La democracia requiere de información objetiva para que los votantes puedan tomar decisiones informadas. Pero también necesita discusiones animadas. El ‘spin’, incluso cuando somos conscientes de su naturaleza partidista y objetivos estratégicos, nos lleva a discutir y pensar sobre lo que está en juego en nuestra política.
Es probable que la teatralidad y agresividad expuesta en el Salón de Spin, y el parloteo animado que rebota a través de la televisión y las transmisiones de Twitter, despierten el interés político, más que las declaraciones asépticas que pretenden decirnos todo lo que necesitamos saber.
En lugar de tratar de abolir el spin del reino de la política, nos iría mejor alimentar en nosotros mismos y en nuestros vecinos el sentido crítico que nos permita cuestionar y evaluar el ‘spin’ y tal vez, solo de vez en cuando, saber cuándo disfrutarlo.