Columnistas

Por qué escribir

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16 de octubre de 2016

Hace doce años le envié un cuento a una escritora venezolana que estaba compilando trabajo de jóvenes escritores para una publicación. El cuento llamado “Él es la Hingis”, trataba de una mujer que a medida que guardaba los objetos que quedaban de una relación fallida iba recordando ese amor. La protagonista pasaba el cuento entre lo amargo, lo bello, lo agridulce, hasta que aparecía uno de esos portarretratos que nunca se usaron y que contenía un recorte de la tenista Martina Hingis. Ese retrato le recuerda cómo esa relación la hizo estallar en mil pedazos.

Mi cuento no fue aceptado. Así es la vida. Así es la literatura.

Pero tenía veinticinco años y no quería creer que las cosas fueran así. Me enfurecí. Me frustré. En esa crisis de identidad creativa le envié mi cuento a una amiga, y esa amiga se lo envió a otra amiga, y esa a otra amiga. Pronto una desconocida me escribió para decirme que la protagonista de esa historia era ella, y que mira Clara, no te conozco pero escribiste sobre mí. Me sentí honrada, aunque un poco intimidada a la vez. Pero por alguna razón todavía más frustrada. ¿Cómo es que lo que escribo llega a unos lectores pero los compiladores me rechazan? ¿Por qué? ¿Por quién?

Entonces hice lo que pensé que era lo único lógico que podía hacer: dejar de escribir. Me dije que iba a ser empresaria y me puse a montar un negocio. Trabajé en enología e hice un curso de sommelier. Un día decidí que tenía que hacer una maestría en negocios. Me levantaba a las cinco de la mañana a recibir clases de matemática y luego me iba a trabajar. Un día, mi papá que es de esos hombres que habla poco, pero cuando habla sacude tus cimientos me dijo: yo te he visto hacer cosas estúpidas, pero esta es la más estúpida de todas. Tú eres escritora. Ve y escribe.

Me tomó un buen tiempo más digerir su consejo. Ese desvío me costó un mundo de esfuerzo, de duda, de lucha. Me tocó reconocer que el tiempo perdido no se recupera y tuve que volver a empezar, a entrenar el cerebro, a buscar las palabras. Sin embargo, ese desvío me dio experiencias de vida, me llevó a la promoción de lectura que es mi gran motivo en la vida.

Si escribo hoy es porque siento muy dentro que tengo algo que decir. Quiero recuperar la memoria, desde los juegos de la infancia, el sabor de la comida, la mutación de las tradiciones, los gestos, las palabras, el idioma gestual, hasta indagar cómo arrancaron los grandes momentos de la historia. Me interesa la desconexión del mundo, la religión, el amor, la muerte. Quiero explorar las formas de describir cómo se hace el amor, cómo nace un ser humano o cómo es que la música nos mueve tanto, cómo sucede lo inenarrable, qué nos hace humanos, qué nos hace libres.

No sé por qué escriben los demás, pero sí puedo decir que cuando el escritor lo hace desde su médula, desde una preocupación pensada y genuina, desde una búsqueda auténtica, sin proponerse farsas, ni supeditar su éxito a las opiniones de los demás el lector lo siente. Escribir para decir algo, para conectar con otros. Narrar como hijos de nuestro tiempo. Ese es el propósito, digan lo que digan editores, maestros, intelectuales.

Llevamos días discutiendo el Nobel de Bob Dylan. Para unos es el fin del mundo que un cantante obtenga un galardón literario. Otros ven la crisis de una institución. Tal vez sea una muestra de la crisis de todo. Más que juzgar a Bob Dylan creo que hay que preocuparse por lo que viene. Qué vamos a escribir, qué mundo vamos a contar, cómo vamos a describir el espejo en que nos miramos como humanos y con quién vamos a conectar. Yo creo que como escritores si nos proponemos cambiar vidas y hacer algo por la humanidad tenemos que pensar más que en los lectores como lectores. Los premios son política. Son propaganda. Y aunque claro que importa el reconocimiento, es necesario y muy válido, ese no puede ser el motivo, lo que realmente importa son las voces sinceras e inteligentes. Alzarlas y divulgarlas para que la humanidad pueda darse la mirada profunda que tanta falta le hace.