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Por qué Medellín necesita levedad

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15 de julio de 2017

Para lograr una verdadera transformación, a Medellín le hace falta levedad. Sin levedad, la ciudad no puede librarse de los lastres que le impiden vivir la esperanza.

El alcalde antimafia de Palermo, Leoluca Orlando, mi mentor y amigo de casi treinta años, siempre me recuerda que el cambio necesita tanto de raíces como de alas. O sea, necesita identidad y una dimensión más amplia.

Porque la dimensión de la identidad por sí sola es un obstáculo hacia el futuro, dado que se niega a abrirse a lo que viene. Se niega a reconocer sus tabúes y transcender sus lados oscuros. Se condena a un eterno presente, donde no se hace memoria del pasado y donde no hay esperanza hacia el futuro.

Medellín, como lo fue Palermo, también parece atrapada por su identidad y sus lados oscuros. Es una realidad donde los demás piensan que el problema criminal está circunscrito a las áreas marginales de la ciudad, o que el poder criminal está exclusivamente en las manos de estructuras criminales que controlan las rentas del microtráfico.

Pero Medellín olvida, o prefiere olvidarse, de que la mafia no es solamente una organización criminal, sino también una actitud y un comportamiento cultural, que valora la plata, más que la libertad y la vida, que favorece los intereses particulares en lugar del bien común.

Es una realidad cultural donde se han vuelto parte del panorama la trampa, la mentira, el clientelismo de una contratación pública controlada por unos pocos, la corrupción capilar, borrando de esta forma las fronteras entre lo legal y lo ilegal, entre lo lícito y lo ilícito. “El todo se vale” se ha vuelto costumbre.

Es dentro de esta cultura, que podemos definir como cultura mafiosa, donde florecen los “comités de negocios” donde se dan la mano el mafioso, el empresario, el político, el juez y el policía. Porque la mafia en su esencia es una articulación de poderes, ambos legales e ilegales: en este entrelazamiento está su poder y su impunidad.

Es este lado oscuro de la identidad de Medellín (que tiene una larga historia social, económica y política) lo que impide a la ciudad un progreso que no sea solamente material, sino también cultural y espiritual. Es este lastre lo que le corta a la ciudad su vuelo libre y alto.

Pero Medellín no desarrollará sus alas, si contra un proyecto criminal presenta solamente un proyecto anticriminal orientado hacia una política de seguridad que le apuesta exclusivamente al control territorial, a los índices de homicidios, y solo es reactiva a la ilegalidad.

Hoy Medellín necesita de un proyecto cultural y político que sea de ruptura. O sea, que rompa los silencios que protegen la unión entre mafiosos, empresarios, políticos, jueces y policías, y que haga de la ética, la eficiencia administrativa, la solidaridad y el compromiso cívico, el buen gobierno y el respeto de la persona, la piedra angular de un nuevo pensar y de un nuevo actuar. Estas son las alas que Medellín tiene que desarrollar para librarse de su eterno presente. Eso le dará levedad a Medellín.