¿Por qué nos la suda África?
Suplemento de un diario madrileño. Una foto cenital a doble página muestra más de un millar de seres humanos aguardando en filas, como hormigas, la ayuda humanitaria en un paraje desolado de Sudán del Sur. El título no deja duda de lo que nos aguarda. «Sudán, arrasado», reza. Las siguientes cuatro páginas son una sucesión de niños cubiertos por las lágrimas, mutilados, familias huyendo de la guerra y campos de refugiados. Paso las hojas desolado, pero sin apenas detenerme. El siguiente reportaje, inmediatamente después del primero, se ilustra con el trasero en pompa de una joven y lo que parece ser un médico escrutando con una regla electrónica las dimensiones de las citadas nalgas. El titular es de los que enganchan: «Yo esculpo los... (flecha hacia las posaderas) de las famosas». El asunto recibe las mismas páginas que la reedición del conflicto sursudanés y algo más de atención por mi parte. Me detengo súbitamente y me pregunto si estoy tonto.
Es cierto que he visto mil veces imágenes de África desangrándose. Los niños con las barrigas hinchadas, las moscas sobrevolando esqueletos, los buitres acechando aldeas enteras. También a las milicias armadas hasta los dientes, formadas por adolescentes que acarrean más asesinatos y violaciones que años, los líderes tribales en uniforme y gafas de sol impecables. Machetes, muertos, sangre... Pero también he visto mil millones de culos y, sin embargo, me detengo como un bobo al ver otro. Me pregunto si es solo cosa mía. Creo que no.
Si repasamos la cantidad de reportajes dedicados a uno y otro tema en los medios de comunicación del mundo entero, convendremos en que no soy un bicho raro. De hecho, me apuesto lo que sea a que no encontrarán a nadie debatiendo, no ya en la tasca de enfrente sino en un salón de té, de los más de 50.000 muertos que se llevan registrados en el país africano y del éxodo provocado por la carnicería desatada desde 2013 entre la etnia dinka y la nuer. Es más, si alguien osara pronunciar tales nombres podrían llegar a lapidarlo públicamente por triste, por esnob o por ambas cosas. Pero, ¡ay!, el culo de las famosas da para conversaciones sesudas y vastas. Con «v», sí. Y todo el mundo tiene una opinión, hasta la viuda más recatada y desconsolada del mundo disertará largas horas sobre las pompas de la Lively o de la JLO de turno.
Me pregunto por qué nos importa tan poco África. Ni siquiera nos paramos a reflexionar sobre lo que está ocurriendo a las espaldas de Europa y los terribles éxodos de población africana que provoca cuando vemos ocho jugadores negros como el carbón en el equipo titular de Francia que perdió el pasado domingo la Eurocopa en París, la inmensa mayoría de ellos nacidos en África, como el autor del único gol de la final, el portugués Éder, oriundo de Guinea Bissau.
El primer ser humano fue africano, según la teoría más reconocida. Nació hace 2.800 millones de años no muy lejos de Sudán del Sur, en el valle del Rif, en Etiopía. El país más joven del mundo, surgido en 2011 tras una cruenta guerra con Sudán del Norte, nada en un mar de petróleo pese a lo cual tiene que importar gasolina a precio de oro porque sale más caro aún extraer el crudo. En Juba, una de las capitales más caras de África, solo funcionan un tercio de los colegios y la mayoría abre dos horas porque los niños están demasiado cansados por culpa de la malnutrición. La hambruna planea sobre cuatro de los 12 millones de habitantes del país.
Estas son algunas claves de lo que allá ocurre. Tan lejos de América y de Europa, en la cuna de nuestro origen. Por si son tan osados como para tocar el tema cenando con amigos.