Columnistas

Proustáticos modelo 64

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20 de noviembre de 2014

Los maestros son inmortales enamorados del anonimato, que tiran la piedra de la enseñanza, del consejo y esconden la mano de su entrega.

Se dan por amor al arte pedagógico. Regalan el pescado y enseñan a pescar. Comparten lo que saben: es su “forma de alcanzar la inmortalidad”.

Somos la suma de los maestros que nos han enriquecido. Lo recordé la noche que nos reunimos quienes estudiamos bachillerato hace ¡50 años! en el colegio La Salle, de Envigado. Bien educados y aconductados dimos las gracias a religiosos y seglares que trataron de desasnarnos.

Aprovechamos para mirarnos las arrugas que el tiempo, el implacable, ha ido dibujando en nosotros. Nos miramos con lupa hasta descubrir quién vive tras de tales arrugas. “¿Sos vos?”, preguntábamos. O nos preguntaban.

La comunidad lasallista, encabezada por el rector Alexis Molina Jaramillo, echó la casa por la ventana para mimar a la promoción del 64. Ayudó en la organización un contingente de nostálgicos destechados liderados por el exconcejal Mario Vélez.

La gran celebración será el sábado 22 de noviembre en la noche, cuando se darán citas todas las promociones desde 1954. Detalles en 3318184 (110).

En discos de 78 revoluciones nos dimos un baño de nostalgias oyendo melodías estilo “que veinte años no es nada”, o “te acordás, hermano, qué tiempos aquellos”.

Hay una época de nuestras vidas en la que somos inmortales. Esa época la vivimos en La Salle, proclamado este año el mejor colegio privado del departamento. Nunca pensábamos en la vejez. Asumíamos que solo se mueren los demás. El reencuentro nos recordó nuestra fragilidad y fugacidad.

Como envejecer es cambiar de verbos, ahora ennietecemos, los médicos nos monitorean presas con las que antes nos divertíamos, desayunamos y nos acostamos con pepas. Olvidamos de subirnos la bragueta. O bajarla.

La velada de los proUstáticos del 64 incluyó misa de dos yemas con bella homilía de uno de los nuestros, el carmelita Juan Guillermo Correa.

Nos regalaron emocionadas palabras el rector Alexis, el escritor y tallerista Jairo Morales, y el terrible cirujano Luis Fernando Villegas, la lengua más brava del oeste.

Escuchamos la música de apellidos como Vanegas, Parra, Mesa (Saúl vino desde Miami), Ochoa, Uribe, Escobar, Arias, Tamayo, Londoño, Arango, Zuluaga, LibertusP., Acosta, Serna, Restrepo, Chaverra, Duque, Saldarriaga, Muñoz. El señor Alzhéimer esconde otros apellidos.

Aprovechamos para brindar por ese paseo de día entero que es la vida. Los lasallistas “de entonces que ya no somos los mismos” compartimos tiempos en que no sabíamos qué hacer con la vida. Pero así sea dándonos contra las paredes, hemos hecho el camino.

Espero no calumniar a mis contemporáneos si concluyo que la mejor reciprocidad que podemos darles a nuestros gurús lasallistas es haber hecho bien el oficio que escogimos.

Preferible si lo hicimos sin haber pisoteado los códigos, con una mezcla de ética y estética. Y de amor-humor .