¿Qué hacer con un regalo bien feo o inútil?
De las cosas más difíciles en la vida es abrir un regalo navideño delante de quien te lo dio y descubrir en cuestión de nanosegundos que ni siquiera luego de un holocausto nuclear hipermasivo que hubiese destruido todo vestigio de la civilización, le encontrarías oficio o la probabilidad de que represente alguna satisfacción a: una réplica en arcilla del Cerro del Volador con una bandera del poderoso DIM, un destapador de gaseosa con apariencia antropomórfica de la cultura Quimbaya con una esmeralda plástica incrustada, o un libro de Juan Manuel Santos sobre cómo hacer “la paz” sin vender los principios y las leyes.
¿Qué hacer entonces? Si alguien sabe, cuente rapidito porque semejante conocimiento lo puede hacer absurdamente rico. Si solo por resolver la Conjetura de Hodge que relaciona la topología algebraica de una variedad algebraica compleja no singular con sus subvariedades, o las ecuaciones de Navier-Stokes que no logran explicar todavía cómo un fluido pasa de tener un flujo regular a uno turbulento, el Instituto Clay de Matemáticas de Cambridge ofrece pagar un millón de dólares, ¿se imaginan lo que vale la fórmula para salir de semejante aprieto?
¿Hay alternativas? Miremos dos, advirtiendo que son tan extremas como inútiles, más si el regalo es de la mamá de su novia y estás en su casa o finca.
Alternativa 1: Abrazar histriónicamente a la suegra, y si alguna lágrima furtiva hace presencia mientras usted dice que “llevaba años buscando eso”, mucho más contundente. El problema con esta diplomática salida es su debilidad prospectiva, pues resuelve el hoy pero se olvida del futuro, ya que siempre que vaya a la casa de su novia tendrá que ponerse el suéter informe de lana multicolor y abrasiva que la suegra le tejió, aprovechando el curso de macramé que está recibiendo con sus antiguas compañeras del colegio.
Alternativa 2: Simular un infarto. Suena desesperado, pero si es la única “solución” tiene que prepararlo todo minuciosamente. Planee dónde va a estar sentado, hacia qué lado va a desmayarse para no caer encima de algo que pueda quebrarse y se lo termine enterrando en una arteria importante, y averiguar si no habrá niños impresionables que queden traumatizados de por vida al verlo convulsionar en el piso. Indague si en el lugar habrá acceso al servicio de ambulancias, porque de no ser así tendrá que diseñar una actuación más extensa, que tal vez incluya que luego de unos minutos, “misteriosamente”, usted se recupere y diga que es una dolencia antigua y que ese día no se tomó la dosis de nitroglicerina porque no marida bien con los traguitos.
Lo único que ha sido comprobado científicamente como “obligatorio”, como lo propone la profesora Catherine Roster de la Universidad de Nuevo México, es que “por nada del mundo”, no importa que le resulte fisiológicamente imposible o incumpla el octavo mandamiento del Catecismo de la Iglesia Católica, “es dar las gracias”. Dios perdona, las suegras no.