“Que haya luz”
“Que haya luz” fue lo primero que dijo Dios cuando creó el mundo. Dios elige crear primero la luz para poder separarla de las tinieblas. La luz se convierte así, - dejando la física a un lado-, en la ausencia de oscuridad. Al crear la luz primero, Dios crea una dualidad: el día seguirá a la noche. No es sólo efecto de la sucesión de horas de luz y oscuridad, sino el tiempo en el que el hombre trabajará, el mundo resplandecerá, se nutrirá. La luz pasa a ser la negación de la tiniebla.
En Venezuela el “llegó la luz” fue en la década de 1940, cuando se tomó la decisión de electrificar el país. En muchas partes del país la luz se generaba con plantas de gasoil durante unas cuantas horas cada anochecer. Cuando se apagaban las plantas, todo el mundo se iba a casa y reinaba la oscuridad. De ahí salieron muchas de las leyendas que hoy nutren nuestra mitología. Leyendas como El Silbón y la Llorona, que no son exclusivas a Venezuela y que son comunes a otros países de América Latina.
El esfuerzo de electrificar Venezuela fue una de esas pocas iniciativas de políticas públicas que logra superar la turbulencia política. El siglo XX en Venezuela estuvo marcado por dictaduras, transiciones, rivalidades, violencia, como tantos otros países de la región. Estuvo también marcado por el boom petrolero que sería nuestra bendición y nuestra maldición. En Venezuela hicimos muchas cosas mal, pero otras muy bien y una de esas fue el desarrollo de las industrias de energía.
En los años sesenta, viendo que la democracia se instalaba y que el desarrollo económico sería fundamental, comenzó a desarrollarse un complejo de generación hidráulica de electricidad conocido como el Guri. La idea era desarrollar el potencial de un importante río, el Río Caroní. El complejo del Guri se terminó en cinco años y las turbinas de generación eran las más grandes del mundo. No sólo se pensó para generar electricidad para las ciudades, sino sobre todo para el complejo industrial de la zona, el cual se planificó como un área estratégica de crecimiento económico. Industrias siderúrgicas, de aluminio, de briquetas, de carbón.
Cuando Hugo Chávez llegó al poder en 1999 fue en contra de la empresa privada. Aunque tomó unos años eventualmente las expropió. En Venezuela la empresa pública a pesar de no escapar a la ineficiencia y los tumbos de la política como en tantos países, siempre tuvo un acuerdo de profesionalismo. De allí la solidez de empresas como la estatal petrolera. Una empresa pionera a nivel mundial hasta que la alcanzó, no sólo la política, sino algo mucho peor: la militarización.
Los recursos que tenía Venezuela y la gran cantidad de dinero que entró producto de la bonanza petrolera de principios de siglo XXI se despilfarró en proyectos orientados a la compra del voto y al chantaje. Proyectos que ni siquiera resultaron en una mejora significativa y sostenible de la calidad de vida del venezolano. Se dejó de invertir en capital humano, se dejó de invertir en mantenimiento. La corrupción rampante acabó con lo que se introdujo a las industrias y se desvió en favor de los nuevos dueños del país, de sus proyectos personales e ideológicos. En otras palabras se dejó de construir país para construir la base de un poder que al día de hoy es totalitario.
El 7 de marzo una falla en el sistema eléctrico provocó un apagón generalizado en toda Venezuela. Un apagón que ha parado desde aeropuertos, hasta máquinas de diálisis y respiradores artificiales, refrigeradores que lo mismo guardan carne, pollo y leche o insulina o una ronda entera de quimioterapia. Sea cual sea la vida son refrigeradores que tienen dentro la vida de alguien. Alguien que la ve escaparse hora tras hora en que no regresa la luz.
La luz en Venezuela no llega todavía a muchas partes. Y cada hora que pasa es más vida que se pierde. Más país que se destruye. Hacen falta recursos. Hace falta gente. Y mientras los militares creen que a punta de pistola pueden reparar un transformador el mundo empieza a ver que la única forma de recuperar Venezuela es un cambio político que los ciudadanos solos no pueden lograr. Ahora entre tinieblas entendemos por qué Dios hizo la luz antes que nada.