Que pase el desgraciado
Por SIMÓN PÉREZ LONDOÑO
Universidad Eafit
Facultad de Ciencia Política. 9° semestre
@simonperezlon
Es el primer domingo de octubre de este año en la ciudad de Medellín. Cae la noche como inquieta espectadora de un país que decide su futuro. Por las calles, algunos carros pasan haciendo sonar sus pitos; a lo lejos, pólvora y tiros al aire responden presurosos.
En alguna esquina se escucha el llanto de jóvenes desesperanzados con la impotencia de Edipo al sentir sus ojos en la mano.
No, no acaba de terminar un torneo de fútbol ni un drama teatral. La escena es otra: Colombia recibe los resultados de una de las campañas políticas más emotivas de su historia.
Sin duda, dicha escena es la consecuencia de una contienda política que apeló principalmente a las emociones y sentimientos: por un lado, la esperanza, la ilusión y ese afán de armonía que siempre mueve a los hombres aunque nunca o casi nunca la consigan; por el otro, el juego de la indignación, el odio y, para algunos, la venganza y la clásica bravuconería justiciera. En ambos un elemento común: un patriotismo avinagrado.
Vaclav Hagel, quien fue un eminente político y dramaturgo checo, afirmó que la dimensión teatral de la política (que incluye el poder sugestivo y el uso de símbolos) es un arma de doble filo. Por un lado, puede llevar a crear cultura democrática y coraje cívico. Por otra parte, puede llevar a “los peores instintos y pasiones humanos y puede volver fanáticas a las masas y conducirlas al infierno”.
Se debe buscar un equilibrio entre la política como emotividad y sentimiento, en sus justas proporciones, y la racionalidad, el cálculo y la decisión informada.
Lamentablemente, aunque ambas partes lo nieguen, en el plebiscito colombiano primó por mucho la primera.
La consecuencia fue que quedó un país desinformado, con un altísimo nivel de incertidumbre y, para algunos, un guayabo negro como diría Efe Gómez.
Como primó el sentimentalismo y el drama, gran parte de la atención estuvo concentrada en el narcicisimo de los actores y no en la realidad nacional que clamaba a gritos mesura y responsabilidad . n
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