Columnistas

Que venga lo que sea

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01 de agosto de 2017

Cada vez que escucho la palabra Odebrecht, todo se me revuelve. La verdad, dan náuseas y asquea saber hasta dónde llegaron y más allá de eso, repugna ver que muchos de los que jugaron a hacerse ricos tan bandidamente, son los que controlan el poder público, los que tienen la tarea de llevar a la sociedad por la senda del desarrollo, gracias al voto de confianza que los ciudadanos depositaron en ellos por obra y gracia de la democracia.

Da rabia y mucha ira, por no decir menos. Lo peor de todo es que las nuevas revelaciones hechas por la Fiscalía sobre la actitud sobornífera de Odebrecht con congresistas y servidores públicos, acrecienta esa sensación de asco. La Fiscalía reveló la semana pasada que la constructora brasileña pudo haber pagado en Colombia US$ 37 millones por concepto de sobornos, US$ 26 millones más de lo que inicialmente se pensó. Al precio del dólar del momento en el que sucedieron los hechos, estaríamos hablando de cerca de $ 84.000 millones, dinero que podría haber servido para generar cerca de 10.000 puestos formales de trabajo durante todo un año, pagando salario mínimo.

Pero no, era mejor dejar esa platica en los bolsillos de unos codiciosos que hoy, al verse acorralados, quieren tener principios de oportunidad para ver si salen bien librados y se pasan de la orilla de acusados a acusadores, tirando así al agua a sus amigotes, con los que estuvieron confabulados en favor de sus arcas personales.

Ya hemos visto cómo se comportan cuando los agarran. Lo que tapaban se vuelve imposible de esconder. Lo triste es que es como una cebolla: capa tras capa, se descubre más y más la perversión con la que actuaban para hacer de estos hechos un ejemplo de corrupción del más alto turmequé. Así lo está haciendo el exsenador Otto Bula, pieza clave en esto este enredo, quien sin más ni menos, comenzó a implicar cada vez más a esos otros que eran sus amigos, con los que paseaba, iba a restaurantes, compraba propiedades, chupaba whisky y se daba la buena vida.

Lo triste de esto es que algunos aseguran que estamos viendo solo la punta del iceberg. Obviamente, no soy tan inocente como negar que es así: un mínimo de verdad en una cloaca gigantesca. Pero sí me atrevo a pensar que ya tocamos fondo. ¿Cómo no va a cansar todo lo que hemos sabido de Odebrecht, Reficar y el cartel de la contratación en Bogotá con las joyas Nule y los Moreno a la cabeza? Tenemos evidencia suficiente para ver lo mal que estamos por culpa de esa flagelo que se llama corrupción. Vea, sin más ni menos, no puede ser posible que no nos demos cuenta de que estamos mamados del uso del poder y de los cargos públicos para sacar ventaja y arrasar con la confianza de un pueblo que, a la larga, es el que paga los platos rotos. No en vano las encuestas muestran que la corrupción es el problema más grande del país y la gente quiere soluciones, en las que se incluya castigos -pero castigos de verdad- a quienes hacen de ella su mejor amiga.

Entonces, necesitamos acción. Acciones que compensen el daño que le han hecho los corruptos a la sociedad. Que venga lo que tenga que venir: carcelazos, marcos jurídicos y legales que sean duros e intransigentes, acciones que disuadan a tantos que sueñan hacer plata fácil, decisiones que blinden la contratación del Estado, que pongan en cintura a los congresistas y eviten que las campañas políticas vengan con el burro amarrado del pago de favores. Así podremos evitar cualquier acomodo que traten de hacer los corruptos para pasarse por la galleta lo que en realidad queremos: más resultados y menos cantos a la bandera en la lucha contra la corrupción.