Columnistas

¿Quién soy yo?

28 de julio de 2017

Un día Jesús pregunta a sus discípulos, ¿ustedes quién dicen que soy yo? Y Pedro responde: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Entonces Jesús, lleno de entusiasmo, dice: “Dichoso, Pedro, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo” (Mateo 16,13-17).

Jesús era un excelente conversador. La gente se quedaba absorta escuchándolo. Sus temas de conversación se referían siempre a la vida cotidiana, comenzando por el modo como el Padre celestial estaba presente en cada ademán de su existencia. El secreto de su grandeza.

Un día un leproso se postra a sus pies diciéndole: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y Jesús lo toca diciéndole: “Quiero, queda limpio. Y al instante quedó limpio” (Mc 1,41). El poder de su palabra es tal, que la gente comenta: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mateo 8,27).

El buen conversador sabe llevar a su interlocutor a los temas que le interesan, a los temas que tienen sentido en su vida, a los temas que le apasionan porque pone en ellos sus desvelos y sus ilusiones.

De Sócrates sabemos que hablaba siempre de lo mismo. Preguntaba siempre a su interlocutor si tenía un concepto claro de sí mismo, si sabía qué eran la verdad y el saber, y si comprendía los valores del hombre. Su inquietud era el “conócete a ti mismo”.

Para Jesús, el Padre era la realidad de su existencia, a cuya relación de intimidad dedicaba las noches enteras, y en su compañía descubría su propia intimidad, y la de todos los seres de la creación. “Observen los lirios del campo, no se fatigan ni hilan”, y sin embargo, “ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos” (Mt 6,29).

Siguiendo a Malebranche (1638-1715), Martín Buber (1878-1965) escribe: ‘Entre todas las ciencias humanas la del hombre es la más digna de él. Y, sin embargo, no es tal ciencia [...], ni la más cultivada ni la más desarrollada. La mayoría de los hombres la descuidan por completo”.

Para los místicos, como San Juan de la Cruz, cuyo distintivo es su relación de inmediatez de amor con el Amado, el modo de recorrer el camino del amor es “el ejercicio del conocimiento de sí, que es lo primero que tiene que hacer el alma para ir al conocimiento de Dios”.

Para el hombre del siglo XXI el conocimiento propio constituye su mayor desafío, fundamento de su presencia en el mundo como imagen y semejanza del Creador.