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RECONSTRUIR A PUERTO RICO, CASA POR CASA

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23 de marzo de 2018

Por Mariangelie Ortiz Ortiz
redaccion@elcolombiano.com.co

Vivo con mis padres y un hermano mayor en esta ciudad rural de montaña en el centro de esta isla. El huracán María tocó tierra aquí hace seis meses esta semana. Los fuertes vientos comenzaron a azotar nuestra área a las 2 a. m. del 20 de septiembre. Nuestra energía y agua ya habían sido interrumpidas por un día para entonces.

Mi familia, junto con unas 200 personas más, buscaron refugio en una escuela secundaria en nuestro pueblo. Cuando las puertas se abrían para dejar entrar a otros, el viento irrumpía por los corredores. Tenía miedo. Algunos de nosotros nos reunimos en un círculo, nos cogimos de las manos y rezamos, con la esperanza de que nos traería alguna sensación de paz. Luego el caos se desató.

El Río de la Plata, que atraviesa Comerio, se había elevado a más de 60 pies y se estaba acercando cada vez más a la puerta principal de la escuela. Temiendo lo peor, quienes estábamos refugiados en el primer piso subimos rápidamente las escaleras hasta el segundo piso, llevando a los ancianos encamados con nosotros.

Al final, nos salvamos. Una vez que el ojo de la tormenta se posó sobre nosotros, las cosas se calmaron. Pronto desde el segundo piso vimos familias enteras caminando hacia la escuela. En total, unas 100 personas más llegaron; mojadas, empantanadas, abrazándose unos a otros y llorando. Una madre cuya casa se había inundado nos contó cómo ella y sus hijos apenas se salvaron de ahogarse. Ella había alzado a sus tres hijos -todos menores de 5 años- a sus hombros y caminó por el agua hasta que llegó a tierra más alta.

En la segunda noche finalmente pudimos irnos a casa, estaba oscuro y lloviendo. Nuestra casa, construida en concreto, aún estaba erecta.

Tres días después de que María golpeó, las calles seguían siendo intransitables. Partimos a pie hasta el mismo río que fue nuestra fuente de terror durante la tormenta, revisando a los vecinos en el camino. No había electricidad ni agua, por lo que el río era ahora nuestra única fuente de agua. Nos bañamos en él, lavamos nuestras ropa y platos en sus orillas y llevamos a casa todo lo que podíamos hervir para beber y cocinar.

Pasarían dos semanas antes de que se abriera de nuevo el supermercado del pueblo, y dos meses más antes de que pudiéramos usar nuestras tarjetas de crédito para comprar allí. Se nos acabó el efectivo. El banco local permaneció cerrado hasta finales de noviembre. La gasolina era escasa. Antes del huracán, yo estaba estudiando para conseguir una maestría en administración y liderazgo en la Universidad de Turabo. Mis estudios pausaron.

Durante aproximadamente dos semanas no sabíamos si mi hermana mayor, Maran, que vive en Fajardo, una ciudad en la región oriental de la isla, había sobrevivido. Finalmente ella oyó que la calle de Comerio estaba despejada y se dirigió hacia nosotros. Mi padre gritó cuando la vio. Todos nos reunimos a su alrededor, llorando y abrazándonos.

Desde entonces, poco ha mejorado. Queda mucho por hacer. Todavía estamos luchando por volver a encender nuestras luces. El gobierno local no ha venido a reunirse con nuestro vecindario ni a darnos actualizaciones. Estamos viviendo con un generador que un tío nos envió. Otros familiares y amigos nos han traído filtros de agua, baterías, comida y lonas que tanto necesitamos.

En total, unas 1.500 casas en Comerio fueron destrozadas y 2.400 más tuvieron daños significativos. Empecé a ser voluntaria para los esfuerzos de recuperación.

Con US$10.000 recaudados a través del crowdfunding y US$5.000 del Fondo de Ayuda contra el Huracán Defender Puerto Rico, reconstruimos una casa y reparamos otras dos con techos dañados. Con la ayuda de Coco de Oro y La Maraña, las organizaciones con las que trabajo como voluntaria, hemos recaudado dinero para comenzar a trabajar en las próximas ocho casas. Trabajamos de manera colectiva para levantarnos de esta pesadilla, pero no lo podemos hacer solos. Lucho por entender por qué el gobierno de EE. UU. sigue reteniendo la ayuda que nos prometieron. Estamos cansados de ser tratados como ciudadanos de segunda clase. La administración Trump tiene que cumplir su compromiso con Puerto Rico. Puede que nuestra isla devastada por el huracán ya no esté en los titulares de las noticias, pero aún estamos sufriendo y necesitamos ayuda.