REFLEXIONES AMARGAS
Hace pocos días, en Lisboa, me asusté viendo el noticiero de la televisión. Apareció en la pantalla un portaaviones ruso deslizándose ante las costas europeas, rodeado de naves patrulleras. ¿Qué mal habría, pensé después, en mostrar el garbo de un navío ruso?
Nada y todo. Si fueran normales estos días, eso sería tan banal como ver desfilar un portaaviones de la armada estadounidense rodeado de poderosos navíos protectores.
¿Por qué, pues, el susto? Porque las cosas están cambiando y cada vez hay más riesgos y miedos en el aire.
Pasados muchos años después del deshielo de las relaciones entre la China comunista y Estados Unidos (pasmosamente iniciado por Richard Nixon y Henry Kissinger) en los años 70, y del fin de la Unión Soviética en 1991, nos damos cuenta de lo que significaron esos hechos: la Pax Americana. ¿Habrá llegado a su fin?
Es posible. Los rusos con su injerencia en Siria tratan de obligar a Occidente a darse cuenta de que, por más que haya disminuido su poderío bélico, todavía son una potencia atómica. Los nuevos zares se dieron el lujo de ocupar Crimea y de amenazar a Ucrania sin que la Organización del Tratado del Atlántico del Norte, o quien sea, limite sus aspiraciones restauradoras de lo que históricamente le perteneció a Rusia.
También China, después de años de relaciones estables con Estados Unidos, ahora se eriza con el Tratado Transpacífico y muestra su disposición a definir como “suyas” islas remotas situadas en el mar de Japón y a reivindicar su soberanía en aguas presuntamente internacionales en el mar del Sur de China. Al mismo tiempo, lleva a cabo proyectos de integración vial y económica con Europa, quizá sintiéndose más segura en Eurasia que en el Pacífico. Y empieza a ser amiga de Rusia, de quien siempre fue rival.
La Europa fragmentada, más aún después del Brexit (la salida del Reino Unido de la Unión Europea), no es capaz de responder a los desafíos de la inmigración creciente de los desesperados de la tierra ni de otorgar nueva legitimidad al pacto social de la posguerra que la mantuvo unida y próspera. ¿Cómo responder a los nuevos tiempos de desempleo y bajo crecimiento y responder a la ola derechista y reaccionaria?
No escribo esto por diletantismo geopolítico. En París, seguí las noticias de las elecciones brasileñas. Las urnas confirmaron lo que se preveía: la caída del Partido de los Trabajadores (PT), los éxitos del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) y el surgimiento de la antipolítica, expresado en las abstenciones, en los votos anulados y en la victoria de candidatos ajenos a los partidos. Ganamos, diría yo como elector del PSDB, pero, ¿para hacer qué?
En ese contexto, tengo la sensación de que los que tenemos responsabilidades públicas todavía no sentimos con fuerza la urgencia de lo que es preciso hacer para reconstruir el tejido social de un país con 12 millones de desempleados, con una situación fiscal en bancarrota y con las formas tradicionales de cohesión política desarticuladas.
El estrago causado por la política del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y del PT (el lulopetismo) y por el milenarismo izquierdista fue resentido por el pueblo, como lo demostraron las urnas. Pero nosotros, los líderes políticos, temo que todavía no hemos percibido que por encima de nuestras banderas partidarias tenemos que reconstruir la economía, rehacer las bases de la convivencia política, absorbidas moralmente por la permisividad y la corrupción, y enganchar de nuevo al país en el mundo en que vivimos.
Tal vez no nos hayamos dado cuenta de que las clases sociales jerarquizadas en cuyas diferencias anclábamos nuestras ideologías y nuestros partidos, sin que se hayan disuelto están fragmentadas en múltiples intereses, valores y lealtades en un caleidoscopio de hilos que se tejen y destejen gracias a las nuevas formas de comunicación que rompen con las referencias políticas tradicionales.
Tales desafíos requieren voces. En el vacío político de las sociedades contemporáneas, paradójicamente, necesitamos que los líderes se comprometan, hagan explícita su posición, tomen partido sin preocuparse tanto por sus “partidarios”, y que al proponer soluciones recuerden que la voz no escuchada, la voz de los que se sienten desplazados por el “progreso”, si no encuentra un lugar digno en la sociedad del futuro, se volverá su enemiga.