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Resistencia en el Siglo XXI

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03 de diciembre de 2018

En 1940 se declara el fin de la Guerra de Invierno. Un cuerpo de voluntarios noruegos regresa para encontrarse con la noticia de que los alemanes han invadido su país, tomado el gobierno, el rey ha pasado a la clandestinidad y en el poder se ha instalado un gobierno colaboracionista. Incrédulos, los noruegos regresan convencidos por las autoridades de que lo que más les conviene es la pasividad y el silencio. Uno de esos voluntarios era Max Manus.

Al llegar a Oslo, Manus se enteró de que uno de sus amigos estaba preso y había sido condenado a muerte. A partir de entonces, Manus decidió unirse al movimiento de resistencia noruega y fue objeto de numerosas persecuciones. La vida de Manus se redujo a vivir luchando y huyendo. No sólo saltó de una ventana para escapar de la policía que quería arrestarlo, sino que huyó del hospital, se fue a Escocia a entrenarse en tácticas militares, incluidas estrategias de sabotaje. Poco después regresó a Oslo, pero como las autoridades lo tenían en la mira, lo hizo lanzándose desde un paracaídas. Durante el resto de la guerra Manus se dedicó a maniobras que implicaron bombardeos impresionantes de aviones, buques y otros objetivos nazis.

El nombre de Max Manus estaba al tope de todas las listas de los hombres más buscados por el gobierno colaboracionista en Noruega. Sin embargo, la sociedad civil estaba unida en resistencia y esa complicidad fue lo que le permitió a un hombre como Manus seguir en Oslo, la lealtad de sus amigos, de un pueblo comprometido en oposición al régimen Nazi.

En tiempo de dictadura, de totalitarismo, cuando el poder pretende asumir todos los espacios de la vida humana, dominar a los hombres y poner límites a todos sus actos, incluidos sus pensamientos, lo único que los detiene es la voluntad de los hombres que no renuncian a su libertad. Los regímenes totalitarios nazis y comunistas que azotaron a Europa en el Siglo XX y que constituyen las tragedias más grandes de la humanidad, en términos de la cantidad de gente que asesinaron ciertamente no son los únicos.

En su obra Castellio contra Calvino, Stefan Zweig analiza un caso que quizás sea uno de los primeros y más agresivos totalitarismos de la historia. Aunque el término totalitarismo fue acuñado en el siglo XX, para Zweig cuando en 1536 Calvino se hace con el poder mediante un referéndum, comienza un régimen totalitario que llegó a dominar todos los aspectos de la vida de los ciudadanos de Ginebra, incluyendo su espiritualidad. Una ciudad que hasta entonces había gozado de instituciones y de enormes libertades tanto económicas como de culto, de las sociedades más abiertas de Europa, cedió ante la presión de un discurso que sembró el miedo y usó el terror para reprimir, logrando tomar el poder casi sin resistencia.

Uno de esos resistentes fue un humanista que luchó sin más armas que su pluma y su palabra. Sebastian Castellio no fue militar, ni empuñó la espada, sino que luchó a través de un libro, de escritos, desde el púlpito de un salón en una universidad se impuso a uno de los tiranos más sanguinarios de la historia europea. Su oposición fue férrea y en cierta forma le costó la vida, pero su legado de resistencia nos deja una lección que tristemente sigue vigente hoy en día, cuando una vez más asoma en todas partes del mundo la amenaza de ideologías que sembrando miedo y desconfianza han probado una y otra vez que su único resultado es la tiranía.

La resistencia en sentido estricto es una capacidad física, básica en el ser humano que le permite al hombre hacer grandes esfuerzos, sostenidos en un periódo de tiempo. Cuando hablamos de resistencia a un régimen tiránico hablamos de aguantar bajo el yugo del temor, del miedo, de la amenaza de muerte, de dominio total de todos los aspectos de la vida y de la lucha en contra de esos regímenes.

Las armas de resistencia varían según la naturaleza del régimen y según la época. Hoy en día, con la democracia en crisis estamos llamados a resistir. Y el arma que tenemos que empuñar no es de fuego sino de imaginación. Estamos llamados a una lucha de pensamiento crítico. Es es la resistencia del siglo XXI.