RESPUESTA AL MANIFIESTO
Por Román Castaño Ochoa
rocas8a@hotmail.com
En la edición del periódico del pasado viernes 6 de mayo se publicó un Manifiesto por la argumentación y el respeto a las diferencias firmado por 44 personas muy distinguidas y altamente calificadas en el desarrollo del acontecer político o intelectual del país. Su texto deja muy en claro que los firmantes defienden los principios democráticos y, repiten, respetan las instituciones democráticas, virtud que, presumo, porque no los conozco a fondo a todos, adornan su personalidad.
Concretándome al meollo del asunto y sin dejar de tener en cuenta el contexto de todo el planteamiento del Manifiesto, la publicación tiene el propósito de expresar la preocupación que embarga a los autores, ante la posibilidad de firmar un acuerdo de paz con las Farc y el ELN, por la radicalización de las posiciones y la exacerbación de los ánimos de quienes intervienen en favor o en contra del mismo. Como corolario del anterior preámbulo, el Manifiesto hace un llamado a discutir de manera razonada, a respetar el derecho del adversario a pensar distinto y a defender su punto de vista, sin descalificarlo ni ofenderlo...
Lo transcrito constituye las buenas maneras que debe regir todo debate ideológico, pero entiendo que el llamado a moderar el lenguaje va de la mano con el desescalamiento del lenguaje que el presidente Santos nos pidió a los colombianos en las referencias que hiciéramos de los actos delincuenciales de los subversivos. Y aquí sí, la preocupación de los firmantes del Manifiesto se me traslada a mí porque ocurre que tengo en imprenta una sencilla y breve publicación que trata episodios de la vida nacional de estos tres primeros lustros del siglo XXI y ante la imposibilidad de suspender la edición, por la inminencia de su culminación, voy a tener que pensar si suspendo la distribución porque, estoy seguro que, sin haber intervenido nunca ni en política ni en la burocracia nacional, voy a ser calificado de enemigo de la paz.
Es que, señores, yo me refiero a un delito que cometen las mencionadas organizaciones guerrilleras, con la palabra precisa que el Código Penal lo tipifica: secuestro. Si utilizara la palabra retención, no hubiera la precisión en el lenguaje que un texto exige. A veces empleo la palabra terrorista, que no riñe sino que, por el contrario corresponde a la ubicación que los EE. UU. y la Unión Europea les otorgaron a los mencionados grupos subversivos. Qué pena con estos personajes que nos llaman a moderar el lenguaje, pero es que ya el editor –Ernesto López Arismendi se llama- me va entregar la obrilla y en ella hago referencia a los narcotraficantes y esta palabra ya no puedo cambiarla por autores del delito político del comercio de narcóticos para sustentar la rebelión.
Créanme que quedo muy preocupado; de la tranquilidad en que he vivido, ahora voy a ser parte de un grupo muy perseguido por el Gobierno y ahora mirado con desconfianza por esos 44 distinguidos personajes.