Rostros del perdón
El “Ojo que Llora” es el monumento a las víctimas de la violencia terrorista y la represión estatal que se produjeron durante el conflicto armado en Perú entre los años 1980 y 2000, que causó más de 70.000 muertos. La obra es de la escultora holandesa-peruana Lika Mutal.
La artista plástica expresó en esta impresionante obra el dolor que produjo en ese país la guerra contra Sendero Luminoso. Inspirada en la exposición fotográfica “Yuyanapaq”, —que resultó del Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación—, hizo una escultura que rindiera homenaje a las víctimas e hiciera posible la comprensión de lo que pasó en Perú durante la violencia. Cada pequeña piedra de los círculos del laberinto tiene escrito el nombre de una víctima y representa la tragedia y el dolor de cada familia.
La imagen del “Ojo que Llora” fue el símbolo que ilustró el Coloquio Internacional de Comiucap “Rostros del Perdón”, que tuvo lugar la semana anterior en la Pontificia Universidad Católica del Perú, en Lima. Un elemento central de este evento fue la conversación entre el expresidente de la Comisión de la Verdad del Perú, Salomón Lerner y el Presidente de la Comisión de la Verdad de Colombia (CV), Francisco de Roux.
Ellos señalaron un problema común a los dos países. El padre de Roux lo caracterizó indicando que en Colombia hay una fractura espiritual, que no tiene que ver con confrontaciones religiosas, sino con una alienación del ser humano de sí mismo, que lo ha llevado a cometer actos de barbarie cada vez más grandes y a justificarlos con explicaciones generales sobre la violencia o el conflicto armado. La construcción de estas explicaciones generales, cargadas de odio y exclusión, ha generado la polarización del país. Esta enajenación permitió que sacerdotes, profesores, comerciantes, en suma, la sociedad, no reaccionara ante lo sucedido: más de 220.000 asesinatos, 2.000 masacres, 82.000 desaparecidos, 3.000 falsos positivos. Fuimos pasivos e indolentes y ciertos sectores de los medios de comunicación ayudaron con su trivialidad y pobre nivel intelectual a degradar y corromper el lenguaje público.
Salomón Lerner dice, por su parte, que en la ruptura profunda que se produjo en Perú hay también una gran responsabilidad de la sociedad, por la indolencia, la ineptitud y la indiferencia de quienes pudieron impedir esta catástrofe humana y no lo hicieron. Al igual que en Colombia, en Perú “se presume como dato natural, y por ende innecesario de justificarse, la superioridad de unos sobre otros en razón de sus orígenes étnicos” (Lerner). Esta superioridad está en la base de la violencia y es la que hace posible que se considere legítima la actitud soberbia de los poderosos sobre los excluidos y de los actores armados sobre el pueblo indefenso.
Mañana inicia el trabajo público la CV. La sociedad colombiana tiene la obligación moral de acompañarla y protegerla para que podamos reconocer la historia de horror de las víctimas. Y para que la verdad genere “una acogida colectiva de nuestro dolor y drama” (de Roux).