Columnistas

Salvarse con la literatura

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04 de agosto de 2016

La primera vez que Eduardo Halfon visitó Colombia fue como integrante de un equipo judío de baloncesto. Años después, en 2007, volvería como escritor al hacer parte de Bogotá 39, ese encuentro de escritores jóvenes provenientes de 17 países latinoamericanos que, de alguna manera, fue un reconocimiento valioso de la literatura de nuestro continente. La semana pasada volvió a Bogotá y habló en una librería sobre sus historias.

Halfon llegó tarde a los libros, muy tarde, según él. En su casa no había biblioteca y en su carrera como ingeniero la literatura no hacía parte del pénsum. Hasta que un día, a los 28 años, una grieta existencial creó el encuentro con la literatura y lo libró de esa pesadilla constante donde caía y caía. La literatura fue como una ola que lo impulsó y le dejó al alcance un tronco de madera para que se salvara.

Leyó tanto para recuperar el tiempo perdido, que la consecuencia de leer desaforadamente fue la escritura. Dejó su trabajo como ingeniero en Guatemala y se fue para París, como muchos, creyó que si quería ser escritor, la ciudad de tantas generaciones perdidas tenía que ser su nueva morada. El resultado de esa experiencia fue un cuento larguísimo sobre un hombre que olía todo el tiempo a ajo. Cuando regresó a Guatemala se lo mostró a un profesor cuyo concepto sería determinante para él: el cuento era malísimo, le sobraba casi todo. Desde ese momento empezaron a trabajar juntos. Halfon solo quería aprender a escribir. ¿Y cómo trabajaron? Todos los días él escribía una línea, solo una línea, sobre un árbol, sobre cualquier cosa; con los meses un párrafo y apenas como al año una página. La frase de Hemingway: “Lo único que debes hacer es escribir una oración verdadera”, sería su mantra de escritura.

Su primer libro publicado fue “El ángel literario”, los dos últimos han sido “Monasterio” y “Signor Hoffman”. En casi toda su obra el tema recurrente es la identidad, y cómo no, él es un judío que nació en Guatemala, tiene orígenes árabes, migró a los Estados Unidos siendo muy joven y vivió allá hasta perder casi por completo el español, luego regresó a Guatemala y dejó de ser ingeniero para escribir.

Todo esto me hace pensar en algo que leí en “Monasterio”, y que define muy bien la búsqueda de este escritor que vale la pena leer: “Cada persona decide cómo quiere salvarse. Si con una doctrina fundamentalista, o con una serie de fábulas y alegorías, o con un libro de reglas y normas y prohibiciones, o con un disfraz de leñador polaco o de soldado alemán o de niña católica o de judío ortodoxo, o con una mentira cobarde y soñada en un avión. Con lo que sea, con lo que más nos haga sentido, con lo que menos nos duela”. A Eduardo Halfon lo salvó la literatura, al menos por ahora