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San Bernardo

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24 de agosto de 2018

El 20 de agosto es la fiesta de San Bernardo (1090-1153), imán de atracción irresistible, de impresionante actualidad a nueve siglos de distancia. De esmerada educación en gramática, retórica y dialéctica, junto a la lectura de clásicos como Virgilio, Horacio y Cicerón. Su mirada irradiaba un prestigio singular.

Dios lo llamaba a la vida religiosa, pero su padre se oponía. Entonces comenzó a manifestarse su poder de seducción propio del genio, fruto de la acción divina. A los veintidós años convenció a treinta compañeros de irse juntos a la abadía. Fue tal su promoción de la vida religiosa, que al morir dejó trescientos cincuenta monasterios.

Para Bernardo, la amistad viene de Dios, y “Cristo es el lazo que une a los amigos”. El amor fue su distintivo. Sus frases son lapidarias. “La medida del amor es amar sin medida”.

Bernardo comenta así el Cantar de los cantares: “El amor basta por sí solo [...] su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar [...] El amor es lo único con que la criatura puede corresponder a su Creador [...] Cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado [...] El amor hace felices a los que se aman”.

Meditó la Biblia noche y día. “El que me come tendrá más hambre y el que me bebe sentirá más sed” (Eclo. 24,21). El comentario de Bernardo debe estar en todo comedor. “Come de tal manera que siempre quedes con hambre”.

Su simultaneidad de acción y contemplación constituye el secreto de su mezcla asombrosa de suavidad y pasión, ternura y ardor, mansedumbre y decisión, armonía de contrarios, milagro que confiere a su personalidad un encanto indefinible. Tuvo la conciencia de ser “el árbitro de Europa”.

Creyente de acción y contemplación, Bernardo vivió en la fascinación de Dios, que era a sus ojos el gozne de todo lo creado. Dios es el fin de todo lo que existe; la vida eterna de los elegidos, el que “ha creado las almas y las dilata para que puedan acogerlo”.

Bernardo renunció a todo menos al arte de escribir, lo que hace perdurables sus escritos. Fue un orfebre de la palabra, lección aprendida en los grandes maestros, como Orígenes, Agustín y Gregorio de Nisa, que le enseñaron a revestir la doctrina de belleza. Otra lección maravillosa para el mundo actual.

Se consideró el caballero de la Virgen y le sirvió como a la dama de sus sueños.

En carta a un amigo escribió: “Yo soy la quimera del siglo”. Con razón. Bernardo supera toda fantasía.