SEMBLANZA DE UN CURA SANTO
Por Ferney Alonso Giraldo C.
Universidad Católica de Oriente
Facultad de Teología, 10° semestre
feralogircas@gmail.com
Podría parecer una nimiedad, dar apuntes biográficos sobre un sacerdote de un recóndito pueblo francés en el siglo XIX. Con mayor razón, si se siguen las teorías de August Compte, que en su sistema solo ve como modelos para la humanidad a los científicos que producen grandes revoluciones.
No obstante, la figura de San Juan María Vianney, sigue conmoviendo y sigue atrayendo, pues encarna la más básica y central de las reglas de la realización: la coherencia, que es la concordancia entre el ser y el hacer. Como lo reza el latín agere sequitur ese.
Este sacerdote que murió en el año 1859, alcanzó por medio del ejercicio de su ministerio las cimas de la santidad sacerdotal. Destacándose por un admirable celo pastoral y un deseo ininterrumpido de oración y penitencia.
Se le conoce como el Santo Cura de Ars, pues fue en este pequeño y poco piadoso lugar, donde él entregó su vida. Él se consagró íntegramente a su parroquia y así transformó silenciosamente las costumbres del lugar.
Son muy variopintos los datos que podemos destacar de este hombre. Sin embargo, refiramos solo algunas de sus anécdotas, que reflejan de modo simple las virtudes de este santo.
Podemos iniciar con su llegada a Ars, la cual manifiesta la clara orientación de sus anhelos. El santo, al no hallar el pueblo, se encuentra con un niño y le dice: Muéstrame el camino a Ars y yo te mostraré el camino al cielo.
Él vivía un espíritu de generosidad y pobreza. Afirmaba que su secreto era dar todo y no conservar nada. Incluso cuando no tenía nada para ofrecer a un pordiosero, decía: Yo ¡soy pobre como vosotros!; hoy soy uno de los vuestros.
Por otra parte, fue obediente a sus superiores y a su misión. Siempre aspiró a la soledad de un retiro y descargar el trabajo pastoral, pero era consciente de que oyendo la autoridad, oía al mismo Cristo.
Finalmente, es de destacar que su principio motor era el amor. San Juan María Vianney, observaba el sagrario y afirmaba: Allí está aquel que tanto nos ama; entonces, ¿Por qué no habremos de amarlo nosotros?
Como podemos observar, este sacerdote simplemente estructuró su personalidad en la vocación que seguía. Sin ser necesario el boato de las obras fantásticas aportó enormemente a la sociedad en que vivía y emana luz a las generaciones sucedáneas.
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