Columnistas

“SEREMOS JUZGADOS POR EL AMOR”

Loading...
23 de noviembre de 2014

Una semana antes iniciar el Adviento, tiempo de preparación para la Navidad, los católicos celebramos este año a Jesucristo Rey del Universo evocando la parábola del juicio final (Mateo 25, 31-46), y reconociendo su soberanía universal no en el sentido de un poder terreno sino espiritual.

El profeta Ezequiel (34, 11-17) usó la imagen del pastor para referirse a la forma en que Dios cuida de su pueblo oprimido. Jesús en la parábola se presenta como el pastor que separará a las ovejas de las cabras, para indicar quiénes merecerán la felicidad y quiénes la desgracia eterna. Las ovejas representan la bondad, las cabras el poder destructor del mal, y su ubicación respectiva se relaciona con la costumbre de los reyes de situar a su derecha a quienes recompensaban por sus méritos (por eso decimos que Cristo resucitado está “a la derecha de Dios Padre”).

“En el atardecer de nuestra vida, seremos juzgados por el amor”, escribió el místico carmelita san Juan de la Cruz (1542-1591). Y un teólogo latinoamericano dice al explicar el artículo del Credo en el que afirmamos que Jesús resucitado vendrá a juzgar a vivos y muertos:

“El Padre ha dado a Jesús el encargo de juzgar a toda la humanidad. Pero este juicio de Jesús será no solo sobre nuestras acciones sino también sobre nuestras omisiones. Esta última parábola del juicio final es una clara indicación de que Jesús se identifica con el pobre. Jesús nos juzgará sobre nuestra solidaridad para con los marginados. Más aún, podemos decir que dejará que los mismos pobres nos juzguen. No valdrán en aquel momento las buenas intenciones ni los buenos deseos ni siquiera los ritos o prácticas de devoción, sino únicamente nuestra acción concreta en solidaridad con los pobres de este mundo” (Víctor Codina, S.J. - Nuestro Credo, 1986).

El reto que nos plantea hoy el Evangelio es por tanto no solo dejar de hacer el mal, sino hacer el bien. Pues cuando en el Padrenuestro decimos “venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”, no expresamos una esperanza pasiva, sino nuestra disposición a colaborar activamente en el triunfo definitivo del bien sobre “los poderes del mal” (I Corintios, 15, 20-28).