Columnistas

Sexo, video... ¿y policía?

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22 de febrero de 2016

Malestar desató el video de un policía y un político hablando de sexo. Opinantes y censuradores pesaron en el debate de si el video debió haber sido conocido por el público. Un coctel morboso-informativo, de gran contenido homofóbico, se produjo en torno a la revelación. Una famosa presentadora de noticias dio un paso al costado, supuestamente por la divulgación del video. El director de la Policía Nacional también cayó, después de resistir varias embestidas. En una escena fabricada y difundida por dos medios de comunicación, el político y su esposa “tomados de la mano” mostraron cara de víctimas. El sexo y el video encantaron, los medios informativos –aunque en (supuesta) crisis– prosperaron, y la cosa pública, cada vez más enredada, pasó a segundo plano.

El debate se ha concentrado en reducir todo a si la (amada y odiada) presentadora dio muestra de buen periodismo. Igualmente, la discusión giró en torno al daño que los eventos tuvieron sobre la vida de los protagonistas de una mala novela: el político pachucho, el poli bigotudo y la periodista mona. El nivel de trivialización de la información es ofensivo y la manera como el evento quiere reducirse a escándalo personalísimo debe ser objeto de crítica social.

No me sumo a las discusiones moralistas que plagan los medios de comunicación. Quiero, sí, llamar la atención sobre lo que se ha vuelto contexto olvidado o ruido difuso en relación con el sexo y el video. Es una historia difícil de descifrar y, por lo tanto, de contar. Es una historia escondida, tapada, de la cual es mejor no hablar.

Es una historia peligrosa: la muerte merodea. En esta versión, los videos no son revelados; se mantienen en secreto, con amenaza de revelación: son la materia prima del chantaje que doblega al poder público y que hace que las cosas giren como giran. El chantaje va de la mano de una efectiva maquinaria persecutoria. Los asesinatos, atentados y amenazas son múltiples pero todos son tratados como incidentes aislados, camuflados en suicidios o accidentes, u obras de manzanas podridas.

Pero ¿qué pasa si hay un hilo en todo esto? ¿Uno que va más allá del sexo y el video? ¿Uno que atraviese la organización?

Consideren todo lo que ha salido en los últimos años sobre la Policía Nacional: los pedazos deshilvanados que no encajan y que se olvidan. Resalto algunos: desviación de los recursos de inteligencia de la Policía para perseguir a periodistas y opositores; utilización de información de inteligencia policial para provecho propio, principalmente financiero; el apogeo del “Clan de los Coroneles”; peleas y acusaciones entre generales (que desatan remezones y revelan más clanes); procesos penales y disciplinarios por corrupción y robo (que nunca culminan); roscas criminales en el interior de la organización que participan en redes de tráfico de drogas, tráfico de personas y de prostitución (no solo la discutida “Comunidad del anillo”); e interminables incidentes de obstaculización a la justicia.

El continuado secretismo detrás de la máquina verde hiede a podredumbre y el reciente capítulo de sexo y video es solo una pequeña pieza en una horrorosa trama de la debilidad del poder público frente a una organización que se torna más opaca con el paso del tiempo. El contexto invita a que los medios de comunicación trasciendan el escándalo mediático y profundicen sobre lo que hay detrás de tanto ruido en la Policía.