SÍ COMUNIDAD, NO COMUNA
Desde hace días rueda una bola en Twitter que intenta generar un cambio para que nuestros barrios no sean agrupados en comunas, sino en comunidades.
La cuenta se llama SiComunidad,NoComuna y su administrador, Felipe Cardona, argumenta que la palabra “comuna” es sinónimo de favela, “nombre dado en Brasil a los asentamientos precarios o informales que crecen en torno o dentro de las mismas ciudades grandes del país”.
Yo, que vivo en la que quizá sea la comuna más estigmatizada de todo el país por cuenta de un pasado nefasto que nadie olvida, estoy de acuerdo con la iniciativa. Si bien la figura de la comuna es usada para agrupar barrios o sectores determinados para una mejor prestación de los servicios y participación de la ciudadanía en el manejo de los asuntos públicos locales, el término muchas veces ha sido usado en un sentido peyorativo y excluyente que se asocia a lugares indeseables, violentos y conflictivos.
La definición de comunidad remite a una idea mucho más cálida: “Conjunto de personas que viven juntas bajo ciertas reglas o que tienen los mismos intereses”. Por nuestra condición de mamíferos, los seres humanos estamos hechos para vivir en comunidad, como los perros, los gatos, los caballos, las vacas o los conejos.
Para mí, comuna es una palabra fría. Comunidad es cálida. Ahora no es fácil conocer a los vecinos porque los barrios crecen hacia el cielo, en lo que parecen ser contenedores de familias, pero cuando se vive casa con casa uno encuentra, entre puerta y puerta, seres humanos que comparten objetivos comunes, amistad, solidaridad y servicio, como una especie de refugio donde uno se siente acompañado y, sobre todo, seguro.
En el barrio hay sitios de encuentro y calles por donde pasa la vida en forma de obreros, ejecutivos, escueleros, señoras que cuidan sus jardines como si en ello estuviera el sentido de la vida y otras que van a la tienda por los víveres, si acaso no pasa antes el señor de la carreta que se los provee en la puerta de la casa.
Hace unos años, sacando la comuna 13 de algún pantanero donde a veces la tiran, escribí que en mi barrio no se niegan los problemas, pero que la mayoría de sus habitantes somos personas dignas que vamos y venimos en paz por estos territorios y que no merecemos marcas ofensivas ni puertas cerradas por ello.
Que nuestros niños, como los de cualquier otro barrio, tienen sueños diferentes al enriquecimiento rápido, que quieren ser médicos, bomberos, carpinteros o tal vez escritores. Que soñar es gratis y todavía posible en una ciudad que nos divide por comunas.
Que en la comuna 13 vivimos aproximadamente doscientas mil personas, entre Sisbén y estrato 4, por cuadras bonitas y feas, en casas ídem. Que tenemos supermercados, centros de salud, metro, metrocable, parque biblioteca, colegios, iglesias y comercio para satisfacer antojos y necesidades. Y también tenemos problemas de espacio público, vías congestionadas, extorsión y ladrones. ¿Cuál es la diferencia entre esta y la 14? ¿O entre la 6 y la 10?
No tengo forma de probar la teoría, pero creo que el concepto de comunidades es mucho más amable, digno y feliz para agrupar los sectores de Medellín, nuestra bella casa rodeada de montañas. Es allí donde está el verdadero corazón de la ciudad.