Si digo que mueras, mueres
“Si digo que vivas, vives. Si digo que mueras, mueres. Pero da la casualidad que tienes el mismo nombre de bautismo de mi hija, así que vivirás”. Esas palabras las pronunció el general Galtieri cuando visitó una cárcel de la dictadura militar Argentina. Recordé esa escena mientras participaba, la semana anterior, en el foro “La reconciliación, más que realismo mágico”, donde salieron a flote algunas lágrimas provocadas por los recuerdos del cautiverio y el maltrato sicológico ocasionados por las Farc.
Esa misma sentencia de Galtieri: “si digo que mueras, mueres”, es semejante a lo que nos decían los guerrilleros. Un acto de desprecio y humillación; una tortura sicológica que infundía permanente miedo y zozobra. Era tan poderoso eso, que cuando llegaron las noticias de las dolorosas muertes del gobernador Guillermo Gaviria, Gilberto Echeverri y los policías, así como las de los diputados del Valle, la tensión era insostenible y —todos los secuestrados coincidimos en ello— éramos presas de delirios de persecución. “Si oímos un tiro, vivo no se lo vamos a entregar a ese paramilitar de Uribe”, decían.
Sin embargo, esos recuerdos no aparecieron con rabia, fueron más bien un canto balsámico durante el foro. Fueron una invocación de la reconciliación y el perdón, que cada una de las víctimas íbamos expresando, porque la palabra perdón es un don gratuito que, claramente, todos estamos ya dispuestos a otorgar. De hecho, fue muy hermoso ver a Íngrid Betancourt y a Clara Rojas en su abrazo de reconciliación, después de esa cruel disputa en la selva.
“Para que algo se mantenga en la memoria hay que grabarlo con fuego”, decía Nietzsche. Y la verdad que memoria y no olvido es el insumo que debe permanecer en nuestras mentes, como un ADN que deben llevar las próximas generaciones para que recuerden los más terribles genocidios de nuestra historia y con ello eviten que se repitan.
La utilización de la violencia ha sido una constante histórica, que se ha convertido en una absurda práctica del poder político. La violencia engendra violencia, razón por la cual, cualquiera sea su credo político o su condición de clase, es una lógica de la crueldad. “El poder nace del fusil”, dijo Mao; “La solución del problema se hace mediante la guerra”, afirmó Lenin. Expresiones como esas demuestran una historia plagada de violencia. La nuestra, en especial, contiene torturas, asesinatos y desplazamientos, que vienen incluso desde el descubrimiento de América y pasan por la confrontación partidista hasta nuestros días.
En la oscuridad de la sicología humana también se siembra la opción de humillar, atormentar, herir y matar. En algunos casos, con esa semilla germina el poder. Una mirada reflexiva y crítica sobre ello nos impone grandes retos en términos de reconciliación, en especial para aquellos que aún justifican en los dolores de la guerra un ideal de paz. Porque no son esos dolores lo que debemos grabar con fuego en nuestra memoria colectiva, para que no se repitan esas experiencias en hechos crueles narrados por las víctimas que solo permiten darle sentido al dolor.