Si los hijos no se moderan... no se dominan
Con razón se ha dicho que el auténtico secreto de la felicidad reside en la moderación. La capacidad de autocontrolarnos, que se conoce como la virtud de la templanza, es el resultado directo de la fuerza de voluntad. En la moderación está la diferencia entre el uso y el abuso del placer. Lejos de placentero, es muy desagradable darnos cuenta que nuestros impulsos, reacciones o instintos son los que nos arrastran y nos someten a los excesos que arruinan el goce a lo que, disfrutado con moderación, habría sido un placer. Cuando se abusa del placer, este lleva a que ya no importe la vida sino ese placer en particular, dejando de ser un ingrediente amable para convertirse en una forma de escapar de la misma.
En efecto, los placeres son tales precisamente porque son experiencias únicas, que de ser permanentes dejarían de ser agradables. Una de las formas más seguras de estropear el placer es empeñarnos en vivir constantemente gratificados. Y es esto lo que trata de inculcarnos la sociedad de consumo al incitarnos a adquirir todo lo que ofrecen sin ninguna mesura y bajo la promesa de que nos hará felices. Los padres hacemos eco a esta presión cuando vivimos procurando darles gusto a los hijos en todo lo que desean. De ahí que las nuevas generaciones se caractericen por la falta de tolerancia a la frustración y que se asfixien en el hastío y la insatisfacción.
En la misma forma como las plantas cuando se les podan, lejos de morir retoñan con más fuerza y dan mejores frutos, las privaciones y los límites hacen posible que los niños recapaciten y que florezcan en ellos virtudes que los hacen más. Así mismo, al aprender a autorregularse y lidiar con los contratiempos podrán dominar sus reacciones y regir su vida por valores superiores y no por sus impulsos o apetitos desbordados.
Parece que, por agradarles la vida a los hijos, se las estamos complicando al complacerlos demasiado. Recordemos que las plantas también se mueren por echarles demasiada agua. Así, no basta con enseñarles a los hijos los principios éticos y morales que deben regir sus vidas, es fundamental dotarlos con la fuerza de voluntad para ponerlos en práctica.