SI NO SE ESFUMAN LOS DESEOS DEL 24
El 24 de diciembre está marcado desde la infancia como el día más largo del año en el calendario familiar. Es la espera de la Nochebuena renovada con las tradiciones del Pesebre, el rezo de la etapa culminante de la Novena, el Nacimiento y las costumbres hogareñas. En la casa hay agitación desde temprano, sean cuales fueren la luminosidad, los aromas y la musicalidad de la celebración. La sola proximidad de la reunión en familia es motivo suficiente de inquietud.
Al mismo tiempo, la jornada está repleta de nobles propósitos y generosos deseos, pero cortísimos. Van extinguiéndose pocas horas después de las doce campanadas de la Nochevieja. Representan, en su abundancia y su brevedad, el inmediatismo cortoplacista que frena el ascenso de una sociedad hacia niveles superiores de cultura, progreso, convivencia y capacidad de vivir en paz y en actitud respetuosa y tolerante.
Año tras año nos quedamos al comienzo del camino, ni siquiera en la mitad, en cuestión de planes de mejoramiento individual y colectivo. Si el valioso acervo del altruismo y la bondad de intención se prolongara, se consolidara como cualidad invariable y permanente de una región y un país, ya se habría alcanzado hace tiempos una suerte de talla mundial en competencia axiológica. Pero ni los valores de la verdad, la bondad y la belleza se sostienen, porque se diluyen por la presión de las circunstancias, ni las vivencias religiosas se concretan en obras, hechos, testimonios de vida que acrediten verdadera calidad moral.
¿Cuántos años, decenios, generaciones, necesitamos para cambiar al hombre colombiano? ¿Cuántos, para conseguir “la transformación individual y colectiva”, la superación del subdesarrollo cultural y educativo y la demostración de que la presunta mayoría de gente buena pero débil y pusilánime es capaz de obrar con sindéresis, rectitud de intención, criterio justo y capacidad de proscribir la minoría perversa?
¿Cuánto tiempo tardará la construcción de una estructura ética formidable para recobrar el sentido del trabajo honrado, salvar la familia como la gran educadora y forjadora de ciudadanos de bien y restablecer la veracidad diezmada por la corrupción intelectual de la mentira, el engaño, la malicia y la mala fe?
El perspicaz colega Ignacio Arizmendi ha tratado en su columna de Kienyké sobre el ideal de una sociedad de utopía. El Niño Jesús le responde al autor no nacido de una carta, destinado a encarnar en nuestro país: “¿El paraíso en Colombia? Ni lo sueñes”. Ignacio termina así: “Si en nuestro país es imposible el paraíso, que también lo sea el infierno”. Por mi parte, aspiro a que al menos en tres generaciones lleguemos a un ideal razonable de sociedad. ¡Si no se esfuman los cortísimos propósitos de hoy 24, el día más largo del año!.