Columnistas

¡Silencio por favor!

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26 de noviembre de 2018

Qué pesar que este anuncio solo se encuentre en los hospitales y no en todas partes porque buena falta hace hoy en día. Gracias al agite de la vida actual, el ruido se ha convertido en un compañero constante. En las calles nos aturde la bulla del tráfico, en las tiendas la música a todo volumen, en las salas de espera y las cafeterías los televisores, los videojuegos, los gritos de la gente y en todas partes (incluidas las iglesias) nos tortura el continuo repicar de los celulares y el clic, clic de los mensajes de texto.

Lo cierto del caso es que en nuestro hogar la situación no es muy distinta porque, auncuando poco conversamos, suenan al unísono todos los aparatos electrónicos (los celulares, Ipads, la radio, la tv, el Wifi, los blackberries, etc.). Mientras tanto en nuestras cabezas circulan chismes, críticas, problemas sin solución, conflictos no resueltos y listas de asuntos pendientes que hemos debido hacer hace mucho tiempo. Y en nuestro corazón resuenan continuamente nuestros temores, angustias y frustraciones.

Con este agite constante dentro y fuera de nosotros no tenemos espacio para saborear la vida, apreciar nuestro entorno, disfrutar a quienes nos rodean... y, menos aún, para descubrir quiénes somos y qué tenemos para ofrecerle al mundo. Como consecuencia no sabemos qué rumbo le estamos dando a nuestra vida... y por ende a la de nuestros hijos.

Necesitamos promover y acoger el silencio. Es indispensable para poder degustar de la compañía de nuestros seres queridos y cultivar con ellos relaciones profundas y armónicas. Si hubiese más silencio, fuera y dentro de nosotros, podríamos escuchar lo que no nos dicen los hijos con palabras... sino con sus miradas, gestos o actitudes.

Podríamos percibir sus clamores y orientarlos; sus temores y tranquilizarlos; sus penas y consolarlos; sus frustraciones y apoyarlos; y también podríamos ver y admirar sus dotes y cualidades. Además, podríamos enriquecer los vínculos de amor de nuestra familia... porque es en el silencio y el sosiego donde nuestros corazones se escuchan y nuestras almas se encuentran.