SOBRE AGUACEROS, DERRUMBES Y DISFRACES
Estación Caída Libre, en la que ruedan tierra y piedras, vuelan ladrillos, la ingeniería civil está en veremos y la corrupción hace de las suyas (lo legal resulta siendo un papel con un sello), a la par que otros se rasgan las vestiduras en un baile continuo de disfraces, niegan premios con rabia y envidia, se arden frente a la verdad y hay enfrentamientos entre ideas de D-s, supongo que es cosa de tanto diablo junto, y, a toda estas, el agua cae y corre sin problemas, como en un postrer diluvio (esta vez en vano), mientras aparecen inundaciones anunciadas, puentes caídos porque se inauguraron sin hacerlos, alcantarillas que se rompen y expertos en turismo que se preguntan qué está pasando, pues la gente no llega a mirar un mar gris que ya es un basurero y a degustar tragos raros adornados con yerbas que ni se sabe. Y en esta caída libre de valores y mezquindades, de cálculos y licencias ambientales en la que la ley de la gravedad ni la ecología existen según los que otorgan permisos, llueve y venden sombrillas.
En este tercer mundo abundante en contradicciones, contraindicaciones, fabulaciones delirantes y gente que va por el título y no por aprender, en soberbias que se inflan y egos que sobrepasan los límites de la estulticia (lo que no deja de ser divertido, pues la soberbia es un disfraz de cómico que no sabe el oficio), la tierra se mueve y lo que hay encima baila, las habladurías y los insultos se crían como gusanos de mal muerto, los expertos no se untan de lo que predican (nos encanta el pensamiento y la papelería de escritorio), y claro, todo se cae y la culpa es de otro, incluso de la naturaleza que, herida por todas partes, lo único que hace es resistir a la codicia desmesurada de los índices. Y sigue cayendo agua, esta vez ácida, tratando de llevarse lo que se planeó mal, lo que se niega y es evidente y, bueno, todo mal.
El tercer mundo es un estado mental (no es consecuencia de calores, culebras o vientos encontrados) en el que la educación es pobre, los deseos delirantes muchos y la palabrería nunca llega a la acción, pues si se pide hacer algo concreto la reunión se deshace y, como en esa barca de los locos de las historias medievales, todos salen a navegar con los ojos abiertos y los disfraces bien puestos, no sea y la máscara se caiga y no haya nada detrás. Y en esa barca (de la que Cristina Peri Rossi da razón en una novela esquizofrénica), nada es, todo es trampa, la verdad es un veneno y la envidia, como un alud ardiente de lava, pone todo a hervir y así, en estos malos hervores, no hay realidad sino un tejido que en lugar de afirmarse se desteje y, como consecuencia, todo engorda en desorden, se medio afirma y después se cae.
Acotación: Que llueva, ha sido pan diario en los trópicos. Que la naturaleza se mueva y se renueve, también, al fin y al cabo está viva. Desde Buffon, en el siglo XVIII, se sabe. Y si se sabe, debería existir la prevención, pero no se da. Mejor hablantinamos, disfrazamos, envidiamos, en fin, preferimos la pobreza a la inteligencia. Y claro, ¿así qué no se cae?.