Columnistas

SOBRE BOB DYLAN

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15 de octubre de 2016

Estación Guitarra, que además contiene estaciones de trenes y buses, bares pequeños, rieles que se pierden en el paisaje, cuerdas templadas y destempladas, gente por los caminos, encuentros amorosos, amigos que se elevan la estima, hombres y mujeres que ríen y lloran, memorias cortas de un instante, letras sobre olvidos y la imposibilidad de olvidar, protestas contra lo que se nos viene encima y los engaños que nos quieren dar por ciertos, impresiones de un viaje y de una cara, amores furtivos, soledades entre la multitud, callejones con un gato, ancianos y otros que repiten la misma historia, amaneceres sin encontrar la dirección, esquinas esperando una moneda, alumbrados públicos que titilan, mezclas religiosas, libritos de esos que caben en el bolsillo del pantalón y la chaqueta, y guitarras de formas variadas insinuando una mujer. Y al de la guitarra, con noches y soles encima, haciendo e interpretando un poema y en ocasiones un haikú, ese verso que lo dice todo en 12 sílabas.

¿Qué es la literatura? Claudio Magris, viajante de ríos, dice que es la escritura que ve y siente, que lee lo que nos pasa y en ese leer encuentra lo que nadie ha visto o no ha querido ver. O sea, una memoria que se ve y se canta, que cabe en cualquier boca y anida en las mentes amplias. Y que Bob Dylan (Robert Allen Zimmerman) sea el nuevo premio Nobel de Literatura (en este 2016 tan delirante) es una señal de volver a empezar. Las primeras literaturas, las persas y las griegas, las puestas en los salmos y en el Shir HaShirm (el Cantar de los cantares, la más bella de todas), las de los mongoles que atravesaron desiertos y tundras, fueron cantadas. Aparecían las cosas y había que nombrarlas (el mundo es un resultado del lenguaje), y para que no desaparecieran se cantaban para que hubiera memoria.

“Mi plan es bailar hasta que todo se solucione”, se lee en un grafiti en la calle 10, en El Poblado. Y en este mundo en el que estamos, en el que la significación de las palabras se ha perdido, en el que se grita e insulta, se abren los ojos y se muerde la lengua, que aparezca quien toque la guitarra, hable bien y muestre lo que ya no vemos (como en su tiempo lo hizo John Steinbeck que veía cómo cambiaba el paisaje) no está mal. Y así los expertos (los elocuentes tan dañinos) digan que este converso que es Dylan no merezca el premio, el acontecimiento es claro: hay que cantar de nuevo. Y bailar, como lo hace Zorba cuando la estructura por la que bajarían árboles muertos se viene al suelo. En la danza y el canto el hombre se rehace. Y así la tierra se parta, el último que baile saldrá de aquí como si nada.

Acotación: A la literatura la están matando las editoriales comerciales que confunden la tarea de un buen editor (oficio casi subversivo) con un plan de márquetin al que los críticos amigos (o contratados), le aportan ruido. Y con el argumento de que es lo que la gente quiere leer y no lo que la gente debería leer, matan a los mejores. Hoy la Academia sueca demuestra su libertad: premió lo que la gente debe oír porque la vuelve humana.