SOBRE BOBOK
Estación Dostoyevski, por la que van y vienen burócratas que viven tragados por un cocodrilo, hombres que apuestan a matar a D’s con un tiro de escopeta, avaros que tienen quién los quiera, asesinos racistas que encuentran el amor en Siberia, príncipes que no son idiotas sino seguidores de las tesis de Jean Jacques Rousseau, endemoniados dispuestos a hacer volar al zar (de donde Albert Camus saca el argumento para su obra de teatro Los Justos), pobres solidarios, familias disfuncionales hasta el delirio con un santo en su interior, borrachos que a más vodka más filosofía, militares que esperan una paga del gobierno que no llega (¿de Dimitri Karamazov sale la idea de El coronel no tiene quién le escriba?), jugadores que perdiendo llegan a tener un buen final, en fin: en la estación Dostoyevski está la fuente viva de las teorías psicoanalíticas y de mucha parte de la filosofía de Wittgenstein.
En 1877, Fiódor Dostoyevski escribe un cuento fantástico: Bobok. Es la historia de un hombre que le ha posado a un pintor para que, retratándolo, logre la cara de la locura, pero él no está loco sino que le ha tocado vivir de segundas y escribiendo más informes que otra cosa. Y este hombre, Iván Ivánitch, se mantiene borracho y esto le permite habitar toda clase de delirios, entre ellos que vaya a un cementerio y allí escuche conversar a los muertos recientes que, después de enterrados, tienen tres meses para acabar de morirse. Mientras esto pasa, conversan igual que si estuvieran vivos. Pero la conversación se les agota y, para pasar el resto del tiempo que necesitan para terminar diciendo bobok (que es la última palabra que pronuncian), deciden hablar de todas sus desvergüenzas, de lo que quisieron decir y callaron.
Así que sueltan odios, prejuicios, deseos escondidos, perversiones, traiciones, burlas, robos, a veces asesinatos, tomando todas las palabras dichas como honores que les corresponden, pues esa ha sido en realidad su vida y lo que nunca dijeron a otros, o lo supieron pocos, lo ejercieron bien que mal. Y al final, ya podridos del todo, dicen bobok, palabra que significaría mi desvergüenza total y, como ya es lo máximo y es lo que queda del sujeto que está ahí, los demás aplauden frenéticos. Y así, en ese extraño purgatorio (de 90 días de duración), lo que se ejerce es la plena conciencia y un olor que cada uno siente, que es el de su actitud moral, olor que se parece mucho al de La metamorfosis de su Excelencia, el cuento de Jorge Zalamea Borda. Y si, esto se parece a tantos que, vivos, dicen bobok y sonríen a la cámara fotográfica.
Acotación: en Gente de Roma (una película casi documental de lo que puede pasar en un día en una ciudad), Ettore Scola retoma el cuento de Bobok y lo moderniza. Y con esto pone de manifiesto que la individualidad nos ha convertido en gente sola y en esa soledad, lo admite y hace todo y, carentes de moral, aplaude lo peor.