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SOBRE CREER O NO CREER

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21 de octubre de 2017

Estación La Duda, a la que llegan todos los que tienen algo que decir, aunque en realidad no dicen nada claro porque en la boca y los papeles cargan más emociones que razones, exponen los datos sin análisis y tratan de dar por cierto lo que quieren que se crea y no lo que realmente pasa. Y en este desbarajuste, que propicia la mentira (toda verdad a medias es una, pues el casi no es una certeza), se habla y grita, aumentan los calores y se mueven los intereses propios, a la par que aparecen las contradicciones, lo que fue de una manera pero se presenta de otra, lo que pudo ser pero no resultó y entonces, en medio de un calor intenso, la palabrería crece, las acusaciones cubren el espacio como flechas persas y piedras encendidas de catapultas, y las palabras, pobres palabras, dejan de cumplir su cometido de aclarar y se convierten en una definición que contiene la contraria, lo que conduce a crear errores y vacíos. Y, como en cualquier película de Emir Kusturica, una orquesta loca no para de tocar.

La duda ha sido, desde René Descartes, un método de pensamiento para encontrar la razón y situación de algo dentro de un contexto. Esto quiere decir que algo no es solo a primera vista (la apariencia no define) sino que exige una segunda revisión que demuestre por qué aparece el hecho, con que se conecta, cuál es su causa cercana y el efecto (resultado) que ha creado. Dudar entonces, es un hecho de razón. Pero cuando se niega el hecho sabido, que está ahí y ya por estar es una primera evidencia, el asunto deja de ser duda y se convierte en confusión y, en la confusión, las apariencias están por encima de lo que realmente pasa, crean desvíos, alientan la mentira y la inteligencia (el análisis serio del problema) se pierde creando el desorden. Y en estos calores que dilatan, las emociones son huracanadas y pasa lo que sea.

Creer es saber algo con certeza y contenido de realidad, y es lo contrario a la credulidad, que no es el creer con bases ciertas sino con emociones, con deseos y no con evidencias. Y en el mundo en que vivimos, la credulidad (ya no vemos, observamos y comprobamos, solo sentimos) ha ido creando falsos escenarios políticos, “realidades” pséudo-científicas, espacios emotivo-religiosos (casi animismos), concepciones falso-filosóficas y lo peor, se le ha dado validez a palabrería sin hechos, a la tal posverdad (como si hubiera algo después de la verdad, que ya es un límite imposible de franquear) y al desorden permanente en el que perdemos el sitio, la manera de pensar, el reconocimiento necesario, los modelos válidos a seguir y la idea de futuro a partir de construcciones. Y así, se cree y se descree al otro día.

Acotación: perdida la credibilidad, que es lo que construye a las comunidades, y puesta la desconfianza por encima de lo demás, lo que aparece es la duda permanente. Y frente a este dudar que no para, lo que funciona comienza a fallar pues pierde su objetivo. Y ni manera de demandar a todos los que crean ese mal ambiente de creer y no creer, que es algo como si estuviéramos en el paleolítico esperando el mordisco de un dinosaurio.