Columnistas

SOBRE EDUCACION Y PUESTOS DE TRABAJO

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04 de febrero de 2017

Estación Capacitación, en la que abundan los títulos y los subtítulos, los libros leídos y los rayados, las fotocopias que seccionan los textos (cuando no es que los cortan y los convierten en islas), los cuadernos con rayas y cuadrículas, los tableros clásicos y los modernos, las tizas y los marcadores, los bolígrafos y los lápices (incluyendo el borrador para corregir y justificar errores), los maestros y profesores, los que proyectan más imágenes que explican, los decretos que descontextualizan lo que se debe enseñar, los formatos y boletas, las presencias y las virtualidades, los alumnos y exalumnos, los que estudian humanidades y ciencias sociales, ciencias naturales y hasta magia, los recortes en los pénsums, las matrículas y las becas, lo que asisten a clase y los que coleccionan excusas etc. Que en esto de la educación el mundo es tan variado como los saberes que se explican, a más de los espacios como universidades, institutos, liceos, colegios, escuelas y más, que no se definen por lo que son.

Y no está mal que existan tantas posibilidades para educarse, pues la cultura y la ciencia, cuando son bien explicadas y motivadas a la acción (pasadas por la experiencia), son las que crean la inteligencia y la humanidad entre los hombres y mujeres. Y este compendio, que algunos llaman capital intelectual, no termina, pues requiere de confrontaciones permanentes, profundizaciones y puestas en el tiempo en que vivimos. Por esto no basta saber, sino que es necesario llevar el conocimiento a la práctica y encontrarle distintos funcionamientos. Y para que esto suceda, se requieren espacios de trabajo que conviertan en hechos lo que se sabe. Así que un título no es solamente la validación de un contenido teórico sino práctico, evitado así el síndrome de Unamuno, que usa solo la cabeza, pero no las manos.

Un país (cuando sabe qué es), educa a sus gentes para el trabajo, la percepción sensible del mundo, el debate político inteligente y una comprensión debida de la experiencia. Y esto nuevo que se logra, entre varios que trabajan y discuten juntos, se añade a lo que hay que saber, que no solo es un contemplar sino también un aplicar en lo que pasa aquí y ahora. Si esto se alcanza, la educación es buena y cobra sentido, pues el resultado son haceres (trabajo) que crecen al individuo (con relación al otro y lo otro) y desarrollan la sociedad de intercambio en la que vive. Pero si un saber no se puede aplicar, se convierte en conocimiento inútil, en frustración o en desviación de su objetivo (cuando lo que se sabe se aplica en la ilegalidad). Y algo claro, no se estudia para ser importante por el título sino para saber y ser.

Acotación: Hoy más que nunca es necesario cuidar recursos (ventajas comparativas), fomentar transformaciones que no afecten el ambiente y crear seres humanos. Y esto es posible con saberes precisos y lógicos que, en su acción, creen país. Pero si se estudia para no hacer nada, el país es nada y la gente nada hasta que se hunde.