Sobre el hombre del que ya todos hablaron
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
Qué decir sobre Fidel Castro cuando ya todos dieron su veredicto. Los adjetivos se agotaron en un bazar de elogios e insultos que difuminaron cualquier objetividad. O salvador o asesino. O comandante o dictador. O Jesús o Satán. Noventa años que parecieron todas las vidas de la política latinoamericana juntas para sobrevivir a once presidentes de Estados Unidos y enterrar al lado de su cadáver el cuerpo tambien sin vida del siglo XX.
Fidel se lleva sus logros y sus errores asesinos. Sus frases categóricas que caían como cielos de plomo sobre sus contradictores y también su despiadada terquedad que les costó la vida a cientos de miles de disidentes que merecieron la cárcel o la ejecución a los ojos de la Revolución. Sus formas de joven armado que pudo con el mundo entero, y de viejo consejero para nuevos déspotas como su amigo y salvador e hijo putativo de Caracas.
Una parte de Latinoamérica murió también el viernes pasado, casi a la media noche, porque como continente nos reflejamos en sus contradicciones. En su infinita astucia para ser odiado o idolatrado. Para no perder nunca, incluso cuando todo parecía perdido. Para obtener triunfos como la educación y la salud pero al precio despreciable de callar el pensamiento. De la libertad, que con él era esquiva en definiciones.
Dicen los que lo llorarán hasta que ellos también mueran, que eran más libres los cubanos que nadie más en la tierra porque tenían para vivir y sanarse y estudiar. Que no podemos nosotros decir que somos realmente libres cuando estamos encerrados en la espantosa mazmorra de la desigualdad y los niños se nos mueren de hambre en La Guajira.
Del otro lado rotulan ese viejo discurso comunista de falaz porque es la dicotomía mentirosa de escoger entre la salud o la opinión propias. Entre el alimento o la rebeldía. Entre la casa o la cárcel. La obligación de alabar a un hombre que tenía sus manos manchadas de sangre.
Pero ya no está. Murió. Murió Castro. Murió el anciano que pareció el más longevo de todos aquellos que aún estaban en el mundo.
Sobre lo otro, sobre etiquetarlo, no basta una columna. Ni esta ni ninguna. Ustedes ya tomaron partido cuando al enterarse de la noticia unos le desearon que se pudriera en el infierno mientras los otros, entre gemidos, encendieron un velón.