Columnistas

SOBRE EL PESIMISMO

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08 de julio de 2017

Estación Confusión y Susto, en la que se aglomeran las preguntas y no hay respuestas claras o se sale con otro cuento; donde las caras pierden sus caretas (o se ponen otras) y los valores ya no son para vivir sino antivalores para asustarse, las costumbres buenas se pierden y se resta más que se hacen sumas. Y en todo este barullo, abundante en jugadas por debajo y en puertas que cambian de sitio y así no hay entrada por donde se sabía sino por otra parte, abunda el pesimismo, pues cómo ser optimista donde lo que era ya no es o donde se duda y no de manera práctica ni metódica, como proponía René Descartes, sino que se sospecha, lo que obliga a echarse bendiciones y a creer que se vive en un laberinto continuado en el que, de repente, aparece un susto nuevo, una escalera a la que le han quitado escalones y váyase a saber qué más, lo que propicia malestar, desasosiego, sequedad en la boca y cansancio duro.

Que en estos tiempos vivimos el auge de la novela negra, es cosa cierta. Y esta novela se llama negra (o noir), no por un asunto racista ni porque incluya un chino (lo que no se recomienda en este tipo de literatura) sino porque su argumento, que se puede mover por lo alto o por lo bajo, se mueve por la vida de lo peor que nos podemos crear (lo que se llamaría bajos fondos), poniendo en duda al otro y a todo el sistema jurídico, que ya no es propio de un Estado de derecho sino más bien de un aquelarre, como bien lo describen Ferdinand von Chirac, en su libro “El caso Collini” o Jakob Wassermann en “El caso Maurizius”. Y es que el asunto es cuestionar por dónde comenzamos a caer y, en la caída, en qué revoltijo caemos y qué mutaciones se dan, pues lo que mal se da de manera continuada ya no hay quien lo pare y entonces sí, como diría una señora a la que su bolsa está por romperse y ahí lo lleva todo.

El pesimismo no ha sido cosa rara en la historia, abundante en diablos y en infiernos, en predicaciones vanas y milagros que no llegan. Y proviene de los modelos que tenemos, de los gobiernos y las élites, de los ejemplos que nos han dado en las mismas casas y del desconcierto al saber que lo blanco era negro, que el gigante era un enano y de que es mejor mirar de reojo y hacerse el que nada pasa para no asustarse más. Y en este ambiente enrarecido, somos algún personaje de novela negra con la cara gris, la boca bien cerrada y siempre de hombros encogidos, con miedo y buscando salir por alguna parte. Y como en el cuento de Franz Kafka, “En la colonia penitenciaria”, esperamos a que el tiempo se demore mientras, a nuestro lado, alguien habla del mecanismo que nos van a aplicar. Qué cansancio.

Acotación: la palabra mágica para que todo funcione como es debido, es optimismo, palabra que no nace de un curso de crecimiento personal sino de que todo está bien, nos gobiernan bien, nos dirigen bien y, en consecuencia, se puede ser productivo y vale la pena estar vivo. El pesimismo es todo lo contrario. Con razón hay tanta gente que se va, cansada de tener un hueco en la boca del estómago.