SOBRE HONORES Y DESHONORES
Estación Condecoraciones, en la que abundan las medallas grandes y chiquitas, las de oro, plata y bisutería, los talismanes rezados y sin rezar, los diplomas de asistencia (que no aseguran que se haya entendido algo), las certificaciones de lo no hecho, las cartas de recomendación con condiciones, las fotos retocadas, las bandas (sin eufemismos), las coronas, las selfies, las estatuas simbólicas (las de premios primero, segundo y tercer lugar), las fotografías con famosos, los autógrafos ampliados, los regalos que se compraron en promociones, los collares de lo que sea, los pergaminos (que ya no son de piel de buey de Pérgamo sino de fibra) y hasta las cintas, en fin, creo que no faltan ni las indulgencias ni los rezos para sanaciones, todo pago previo, claro. Y allí, en esta estación que brilla con los flashes y los aplausos, se buscan honores como fines, reconocimientos por hechos imaginarios, banderas para cubrir lo malo y hasta papeles para pasar de negro a blanco.
Esto de las condecoraciones y los que quieren ser condecorados es una enfermedad muy latinoamericana, seguro heredada de la España de los hidalgos (hijos de algo y ya se sabe hasta de qué). Y si bien la fiebre del reconocimiento no tiene un origen tan claro como el Ébola, sí es evidente que ha hecho parte de la historia de las cortes y los mentideros, que son la misma cosa. Baruj Spinoza, en su Tratado de la reforma del Entendimiento, seguro asustado por los compromisos de una condecoración, establecía claramente que los honores, las riquezas y los placeres no eran fines sino medios, a no ser que se quisiera vivir mal. El filósofo judío holandés rechazó muchos cargos y honores porque sabía bien que él era quien era y no una invención, como querían que fuera. Spinoza es el padre de la razón.
En El Rastro, un mercado de pulgas y de viejo que existe en Madrid, ve uno a la venta o al cambio medallas y medallones, títulos y titularidades, trofeos y hasta griales que en su momento sirvieron para el cuadro y la foto y después para guardar o desechar en caso de trasteo, cuando no para esconder cuando eso que daba honores podía certificar un delito o la pertenencia a un grupo peligroso, como les pasó a los alemanes nazis con los reconocimientos de Himmler y otros jefes de las SS. Y a esos elementos de reconocimiento se los ve tristes, oxidados, con caquitas de cucaracha por encima, mordidos por los ratones. Y del que los recibió nada o sí, una frase: era alguien bueno que terminó de malas. O era simplemente un fantasma, algo que apareció y desapareció y ahora lo buscan los médiums.
Acotación: busca reconocimiento quien tiene miedo, quien duda de lo que sabe o cree que la soberbia es un don de D’s. Los otros, simplemente se reconocen por lo que hacen, que es lo que deben hacer y por eso lo hacen bien. No se trata de aparentar que soy. Es mejor saber quién es uno y con eso ir tranquilo por el mundo, así a los condecorados les moleste.