Columnistas

SOBRE LA DISOLUCIÓN

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07 de marzo de 2015

Estación Hombre-solo, que podría significar también la herramienta que es tan útil, pero no: en este caso se refiere a la multitud solitaria habitada por gente que habla sola, alega y la emprende contra el mismo espejo; que busca culpables todo el tiempo y lee libros de competitividad, cómo quererse a sí mismo y crecimiento personal en diez días (incluyendo dieta); que vive para sí mismo, sus fantasías y su apariencia, y en esta vivencia se convierte en fanático de algo, cuando no en un maniático de alguna cosa o en alguien realmente peligroso que se controla con pastillas y ejercicios desmesurados en el gimnasio; que no teme acabar consigo siempre y cuando se demuestre que es capaz de desbancar a otros; que le huye a los demás para no contaminarse y nunca da la cara sino es por alguna red social; que ya no habla sino que maneja registros y, si hay que hacer algo en equipo siempre se enferma. Y bueno, que vive confinado en 50 mts2.

Desde que apareció el fordismo a mediados de 1920, esa técnica de ensamblaje por partes y especializaciones (sucedió en la producción del Ford T) en la que el trabajo entre varios fue reemplazado por expertos que competían entre sí, legitimándose así el individualismo a más de la estandarización (producciones calculadas según la experiencia y tiempo en el trabajo), el hombre solo y en guardia se hizo repetitivo y al fin se produjo en serie siguiendo patrones de competitividad y evitando los índices de obsolescencia. Y en esta condición de producto seriado, se dejó almacenar en cubículos, distribuir en el mercado y perdió toda humanidad. Su meta, como dice Byung Chul-Han, el filósofo coreano que escribe en alemán, la sociedad del cansancio y el sujeto negado.

Y ese hombre solo (también mujeres solas) que no se sociabiliza más que para usar al otro, que vigila e impide que los demás avancen, que es codicioso por que no confía en que mañana podrá resolver sus necesidades (se sabe en estado de obsolescencia creciente), que envidia y se disuelve como sujeto, que anula a la familia pues no está en relación más que consigo mismo, comienza ser abundante en nuestras ciudades (en otras como New York ni se diga) y aumenta el número de individuos que conforman la multitud solitaria, conectada a pequeños aparatos que miden su ritmo, peso, flexibilidad, flujo de venas e intestinos, posibilidades entre mil y el tiempo que no se produce, que es menos dinero. Y claro, al final explotan solos, frente a unos índices, sin lograr volar.

Acotación: Lev Tolstoi, en el cuento Cuánta tierra necesita un hombre, habla de unos personajes que buscando lo más y movidos por la codicia, al fin son vencidos por el tiempo: no logran retornar para gozar de lo alcanzado. Pero el cuento está olvidado. La meta es triunfar, triunfar, triunfar, así se esté perdiendo todo.