SOBRE LOS AÑOS DE MENTIRAS
Estación Este Año Sí, a la que llegan confeccionistas de olvidos, desmemoriados, fabricantes de escenarios inverosímiles y vendedores de ilusiones; los que no salen de Cien años de soledad, los maquillados y toda una fauna y flora que se da por cierta, aunque ya no es más que fotos viejas y algunas hasta en sepia. O que no pasan de ser meras figuritas de esas que vienen con las chocolatinas, pues referencias hay para decir esto o aquello, pero los hechos son otros y los que comprometen hay que taparlos o hundirlos, clausurarlos y dejar que al fin se oxiden y se confundan con algún aviso de Estamos en promoción. Y a todas estas, como pasó con los Herreros de La casa de las dos palmas, se crían los maldecidos, los invocados, la ceguera, las voces que aparecen y desaparecen, los vacíos y las oscuridades. Y como nada pasa, pues por estas tierras el pasado no existe y el futuro no llega, cumplimos bien con la paradoja de Bertrand Russell: solo hay un presente y este no dura nada.
En esta América latina (Marta Traba, la crítica de arte argentina, la llamaba Homérica-latina), tierra de mitos y deseos desmesurados, de Facundos delirantes y deforestaciones intensas, cada año que llega no es una marca para un inicio sino una continuidad. Y a pesar de los brindis y los abrazos, de los gorritos y los que hacen sonar la trompeta, sucede como en el Gatopardo, la novela de Lampedusa: se promete el cambio para que nada cambie. Y en esto de prometer y soñar por un momento, de dejarse llevar por los tragos y hasta de llorar, lo que hay es lo que sigue, la mismidad, el eterno corto retorno y una especie de Nietzsche vendiendo figuritas de dioses muertos y bien pintados para que no lo parezcan. Y en esas vamos, detrás de un Baco sobre su asno y completamente borracho.
Que nuestros años sean de mentiras (cada vez más abundantes porque hay más gente), es la esencia de lo malo que pasa. Y si bien nos mantenemos en fiesta y en el baile y canto somos buenos, es necesario que paremos y construyamos un año cierto, planeado, con objetivos, en el que las palabras sean superadas por los hechos (como enseñaba Confucio). Si se buscan impuestos, entonces que la economía funcione; si se quieren ciudadanos, demos buena educación; si deseamos un país, entonces construyamos uno. Si otros lo han logrado, ¿por qué no nosotros? Un país no es un deseo sino un debido ordenamiento.
Acotación: para este 2019 no propongo buenos deseos sino buenos retos basados en un hacia dónde, cómo, con qué y para qué. Y que los años, a partir de este, sean medidas y evaluaciones. Y que haya fiestas, sí, para celebrar lo construido. Si somos humanos, todo es posible.