SOBRE TANTO ESPIONAJE
Estación John le Carré, autor inglés de relatos de espionaje muy conocido por novelas como El topo y El espía que surgió del frío, donde cuenta del poder, la desconfianza, la guerra fría y el asunto de saber del otro a través de medios obtusos, propicios para mundos de extremada vigilancia, sospechas magnificadas y malas conciencias. Y en esto de los datos subterráneos, aparece un juego de supuestas independencias en el que todo está permitido y, en esa permisión, la ética se vine al suelo, el delito se legaliza y la moral se desmorona, pues la vida del otro se interviene para lograr fines que, en la tesis de John le Carré, terminan por anular a quien los propició. En esto de meterse en lo oculto se juega una especie de ruleta rusa y al fin el intervenido interviene (de cualquier modo) y bueno, la estación se convierte en un caos donde unos corren, otros se esconden, los argumentos se tergiversan y la enfermedad de la desconfianza crece, contaminando.
El mundo de los espías no es nuevo. Elizabeth I de Inglaterra (la reina virgen), fue la primera en crear un servicio de espionaje para estar atenta a lo oscuro que se movía a su alrededor. Sobre ella escribe Ken Follet en su novela La columna de fuego, incluyendo a Shakespeare y Marlowe, que en sus obras dieron cuenta del espiar a otros, así como también lo hizo Claudio (el césar y marido de Mesalina) que espiaba detrás de las cortinas a los pretorianos y a las sirvientas. En el gobierno de Mussolini se chuzaron los primeros teléfonos, al igual que Mata Hari logró lo suyo en las camas de los grandes hoteles. Ya, en la Guerra Fría, los espías se multiplican y no solo de una nación a otra (como agentes o quintacolumnistas) sino dentro del mismo país (La Stasi –continuación de la Gestapo-, la NKVD, el FBI), usando micrófonos, sistemas de torturas y lectura de labios desde lejos (los binoculares no fueron solo para mirar pájaros y carreras de caballos) y bueno, la intimidad se vuelve un asunto peligroso.
Hoy en día, a través de hackers informáticos y sistemas sofisticados (que incluyen satélites), celulares que piden ubicación todo el tiempo, meterse en la vida del otro no solo ha creado ya al Big Brother orwelliano, sino que ha legitimado un ejercicio sucio del poder que, a más de información, genera formas de presión y desconfianza en las instituciones, estados de pesimismo social y violación a los derechos de la gente y el Estado. Es que se vive en el mundo de las orejas.
Acotación: el ojo que todo lo ve (el panóptico), la oreja que todo lo oye, los topos que en todo se meten, crean un Estado del malestar. Y en ese estar mal, mirar a otro es sospechar de él. Y perder.