Sobre una mudanza
Hace cuarenta y ocho horas me mudé a México. La primera vez que me mudé de país tenía trece años. Mis padres me enviaron a un internado en Estados Unidos. Suena un poco como lo que la Varonesa Schneider quería hacer con los niños Von Trapp, pero en realidad el internado fue un lugar maravilloso. Lo que no quiere decir que el comienzo no haya sido complicado. En esa época no había email y los teléfonos eran más tontos que nosotros, así que para hablar con mis padres tenía que llamar por cobrar desde un teléfono público instalado en el dormitorio. Mi colegio era pequeño, éramos unas 160 estudiantes en un pueblo perdido de Virginia en el que no hacía demasiado frío en invierno y que tenía los otoños y las primaveras más bellas que he visto en mi vida. El día que me dejaron allí mis padres instalaron mis cosas con esa atención al detalle que solo tienen los padres. Luego una de las alumnas mayores vino a buscarme. Mis papás habían alquilado un carro rojo que yo vi irse por la calle estrecha que unía las edificaciones del internado. Caía la tarde, hacía una brisa fresca y yo tenía un pterodáctilo en la garganta. Creo que esa ha sido la única vez en mi vida que me he tragado las lágrimas.
Siguieron meses complicados. Hablaba demasiado inglés para el programa de inglés como segunda lengua, pero muy poco para el programa normal. Los primeros días de clase tenía idea de nada. No entendía las tareas, no entendía los libros, se me hacían eternas las horas de clase y todo era impronunciable. Los fines de semana hacía todas las actividades programadas para sentir que estaba haciendo algo. Me inscribí en el grupo de servicio a la comunidad. Visitábamos a unos viejitos a una media hora del colegio. Me asignaron una señora a quien visité semanalmente durante el año escolar hasta que me gradué. La señora Margaret Dambrie me contaba su vida con esa energía que tienen los viejos que son jóvenes por dentro, que recuerdan su vida sin amargura, que no se han aferrado. Me hablaba de su nieta a quien finalmente conocí y me presentó diciendo: esta es mi mejor amiga, Clara. Ese fue el día que aprendí que a veces solo el hecho de estar presente cambia la vida de las personas.
A mediados de año llamaron a mi mamá porque mis notas eran terribles. Nos habló la directora. Todo era muy serio. Pero los americanos tienen una forma de decirte que si no entras por el carril te devuelven al inframundo con una corrección y con unas sonrisas que uno no puede menos que sentir algo de vergüenza y de compromiso. Me mandaron a entregar
a mis profesores semanalmente una hoja en la que debían dejar constancia de que yo había llegado a tiempo, participado, entregado tareas, y si el profesor se negaba a firmarla tocaba un castigo diseñado por dioses olímpicos: Encerrada el fin de semana estudiando con supervisión. Así que yo iba tan juiciosa como Pinocho antes de las mentiras y entregaba mi hoja. Solo una vez tuve un problema. A final de año mis notas, mi vida, mi forma de pensar, habían cambiado por completo.
Ese año aprendí lo que era la tabla periódica, la ecuación cuadrática, el passé compossé del francés y lo que son Hokkaido, Honshu, Kyushu y Shikoku. Aprendí también a dejarme llevar, a refugiarme en mí misma, a no aburrirme, a cambiar de perspectiva, a que al mal tiempo buena cara y a que todo pasa. Aprendí la paciencia de los primeros pasos. Aprendí a descubrir. Más de veinte años después, en plena mudanza, la décima mudanza grande que me ha tocado, vuelvo a esa experiencia. Me siento con una taza de café a estudiar un mapa y un libro que me ayuden a conocer mejor Ciudad de México. Hago una lista. Miro por la ventana. Son casi las siete de la mañana y todavía no amanece. El amanecer aquí es silencioso. Como si alguien quisiera que escuchases la Tierra girar. Mudarse es aprender sabores, olores y sonidos, y a reconocerte en ellos. Pero no es dejar de ser quien has sido, si abres tu mente es un paso más para llegar a ser quien eres.