Columnistas

Sociedad de Padres

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17 de septiembre de 2018

La educación de los hijos es una de las preocupaciones más grandes para los padres. El esfuerzo que se va en el colegio es solamente comparable con los primeros meses de vida en los que uno no duerme, ni sabe qué hacer consigo mismo. No es sólo escoger el colegio que queremos y que nos parece ideal para nuestros hijos y la forma como queremos que aprendan y obtengan una visión del mundo y la vida, la educación es la que determina qué tan grande será el portal de las oportunidades que logren tener a futuro. Uno piensa que ya fue al colegio, pero cuando tiene hijos vuelve a comenzar, aunque la experiencia es totalmente diferente.

Llega un momento en que nuestros hijos pasan más horas en el colegio que con nosotros en casa. Sobre todo en esos días en que llegamos cansados, estamos enfermos, en que el trabajo, la situación del país, los problemas familiares, la vida en general nos supera, el colegio está presente y le da forma a la manera en que nuestros hijos se enfrentan al mundo, incluso a nosotros como padres y como personas. Los maestros, el director, los compañeros, son el cosmos de nuestros hijos. En el colegio aprenden a tratar a los demás, a mirar el mundo, descubren para qué tienen talento y qué cosas aunque les gusten y les llamen atención les costarán más. El colegio no es un producto que se consume, no es un servicio cualquiera, es único, personalísimo, fundamental, sin ello no sólo están perdidos nuestros hijos, sino la sociedad. Así de enorme es el impacto.

No es que el colegio sea un sustituto de los padres. Nada hay en el mundo que reemplace nuestro rol, pero son mucho más que un complemento y cuando uno piensa en cómo el colegio influye en quiénes serán nuestros hijos a futuro, uno se pone a temblar. Nos enfrenta como padres a una de esas realidades que te pegan como un camión de frente a toda velocidad, y es que a medida que crecen vas perdiendo el control sobre ellos. Ellos van adquiriendo su autonomía y se van definiendo por sí mismos. Al final nuestra misión es que ese proceso los lleve a ser las mejores personas posibles en lo intelectual, lo espiritual y en lo humano.

Pero entonces encuentras que para muchos padres la relación con los colegios es de franca hostilidad. Nunca falta el papá o la mamá que detestan a la maestra, que la culpan por todo, con o sin razón. Hay padres que están para luchar contra el colegio de sus hijos, como si fuera el lugar en el que pueden ir a parar todas las frustraciones con el resto del mundo que no pueden procesar de otra forma. Con el fenómeno del chat la situación para los colegios es todavía más frustrante y llega a generar a veces una avalancha de negatividad que se funde sobre la vida escolar. ¿Y a quién sirve eso? A nadie. Pues al final quien quiere cambiar algo toma acción y lo cambia, quien sólo se queja y se queja sin fundamento sólo daña el ambiente que le rodea y los primeros dolientes son los propios hijos.

A lo largo de los seis años en los que he formado parte de la comunidad escolar de mis hijos, en dos países diferentes me he dado cuenta que la lucha es porque los padres se involucren. Pero involucrarse no es opinar a mansalva y estar seguro de que Jaimito haga su tarea, a veces a los gritos y con disciplina draconiana. Es estar ahí, en las asambleas, en los eventos, en ese lugar tan temido por todos llamado la Asociación de Padres, al que van a parar casi siempre las quejas y frustraciones antes que la voluntad de entender que una comunidad se construye a punta de trabajo colectivo. Que un colegio es de todos, lo mismo que una ciudad y que un país.

Al final nuestros países son el reflejo de instituciones como los colegios. Se construyen a través del esfuerzo en equipo y no por dinero, sino por la consciencia de que una comunidad es tan exitosa como quienes dan lo mejor de sí para colaborar en su construcción. Eso es una parte tan importante de la educación como los libros o las instalaciones de un colegio.