Somos unos “montecrispuchos”
Antioquia tuvo —y tiene en la memoria y el corazón— a una serie de personajes que podría revivir, por lo menos en los quirófanos de la tecnología, para recobrar una segunda vida que agradeceríamos: Montecristo, Tomás Carrasquilla, Ñito Restrepo, Cosiaca. Gente auténtica que resumía muchas bondades rescatables y defendibles de la antioqueñidad, de la “paisalandia” que a algunos les choca, pero que tiene adeptos y amantes por mil en el hemisferio. ¿Se acuerdan del paisano que descubrió Héctor Mora alquilando camellos en el desierto del Sahara?
En un reciente y corto viaje con un amigo, Alejandro, a ver un pedacito de tierra en el occidente de Antioquia, sobre una colina rala de San Jerónimo, él insistía en la manera en que la gente de nuestra región se ha llenado de pudor e incluso vergüenza para mirar atrás y reconocer en el talante de sus antepasados parte de su esencia.
En contraste, admiraba cómo los mexicanos se resisten a renunciar a ciertas facetas y personajes que retratan costumbres y orígenes de algunos de sus rasgos culturales más admirados universalmente. Hablaba de un Cantinflas cuyas películas de los cincuenta y sesenta fueron recobradas y restauradas, para convertirse en piezas de consumo masivo dominical en la TV pública y canales de cable de memorias cinematográficas.
Guardando las distancias y observando sus peculiaridades, volvimos sobre un personaje fascinante y lúcido del humor paisa como Montecristo, que era capaz de hacernos reír las tardes enteras con las ocurrencias que saltaban de los hoyitos que recubrían el parlante del radiotransistor: horas graciosas con doña Queta y Justiniano, en Las Aventuras de Montecristo.
En los comentarios de internet, los foristas observan: “Este hombre fue un genio del humor, lo recuerdo imitando borrachitos, sensacional”, “el mejor humorista de todos los tiempos. Gracias, maestro, por lo que nos dejó”. Su biografía en Wikipedia tampoco ahorra en elogios: “hizo sin lugar a dudas que el humor de Antioquia y Colombia se catalogara ‘antes de él y después de él’”, “El mejor humorista de América”. Bastante cierto.
Lo que nos extrañaba es por qué en otros lugares la “arqueología digital” permite recuperar archivos e iniciar un fascinante viaje al pasado, mientras que aquí nadie parece interesarse por figuras de semejante “glocalidad”, como Montecristo. Con ese acento y humor tan antioqueños, pero con su picarezca entendible en cualquier rincón de la Latinoamérica popular.
Y nos decíamos: si a alguien se le ocurriese recuperar los audios del viejo Monte, para resucitarlo en la radio, sería un éxito capaz de competir en cualquier horario. Lo escucharían en los pueblos de Antioquia y en muchos otros de una Colombia que igual disfruta a Sábados Felices. Pero pareciera darnos pena ser nosotros mismos. Alimentar la memoria y las fibras de aquella gente parroquiana y chistosa.
Como a Montecrispucho, se nos han trocado los cables, pero, a diferencia de él, que fumaba “yerbitas bacanas”, nosotros drogados con un montón de modas extranjeras y huecas.