Soy el duende alegre
Desde hace muchos años, como si no estuviera muerto, la música de diciembre está asociada en forma indisoluble a la voz, la bandola, el tiple y las guitarras de Octavio Mesa, el músico parrandero nacido en Santa Rosa de Osos en 1933 y muerto en Medellín en 2007.
Mesa tiene casi tantos nombres como sus canciones: “El arriero mayor”, “El rey de la música guasca”, “El rey de la parranda”, “El gitano groserón”... Su verdadero nombre era Octavio Mesa Gómez y era hijo de una pareja de campesinos pobres de la zona minera de Santa Rosa de Osos.
Octavio compuso su primera canción a los 15 años, pero no la grabó. Se llamaba “Mi Rival”. Su primera grabación profesional fue en discos Zeida, en 1.954. Era un corrido titulado “Adiós al mundo”. A lo largo de su vida compuso unas 2.600 más. Pero la canción que lo volvió famoso no era suya. Fue compuesta por Pedro Nel Isaza y se llamaba “El duende alegre”. Desde que empezó a sonar en las emisoras, en diciembre, por allá por los cincuenta, se convirtió en una especie de himno nacional de las navidades en Antioquia. Un emblema de la “Música parrandera paisa”.
Según el médico Alberto Burgos, el mayor estudioso de esta música, “se entiende por música parrandera paisa toda aquella gama de melodías antioqueñas, generalmente de origen humilde y campesino, casi siempre interpretada con instrumentos de cuerda y viento, picarescas, maliciosas, algunas de doble sentido y que en nuestro medio son pieza fundamental en los diciembres. Dentro de este estilo se encuentran ritmos tan diferentes como el paseo, el merengue, el son paisa, el currulao, el baile bravo, la parranda, la rumba, entre otros”.
“El duende alegre” canta con la voz quejumbrosa de Octavio, en medio de una avalancha de música de cuerdas:
Me llaman el duende / y busco a las viejas / que son habladoras.../ Toco bandolina / tiple y guacharaca / y bailo en el aire / montado en la escoba...
Cuando ya era famoso, una de las experiencias preferidas de Octavio era irse caminando por la avenida Carabobo y pasar por enfrente del almacén “El Tiple”, el negocio donde más discos se vendían en Medellín en los años cincuenta. Allí su voz sonaba en los parlantes durante casi todo el día, sobre todo en los diciembres. “No hay alegría más grande, por lo menos para mí que escucharse uno cantando” le decía a la periodista Zahira López, poco antes de su muerte.
El Rey de la Parranda era un hombre que entre sonrisa y sonrisa mostraba unos dientes muy blancos. Siempre que salía iba acompañado de un bastón de madera, parecido a un zurriago, que lo ayudaba a moverse con algo de agilidad, cuando empezó a tener problemas de circulación.
Octavio era un hombre de estatura media, y tan delgado que recordaba haber oído de sus amigos hasta ofrecimientos generosos para pagarle un asilo y asegurarle una buena alimentación. Pero él siempre se negó a las dádivas. Tal vez por eso, cuando murió, aún vivía con su familia en una casa alquilada.
El arriero mayor tenía un conjunto musical conformado por seis personas: sus hijos, Argiro, el bajista; Duberney, quien hacía los coros; John Jairo, que tocaba la guacharaca y el güiro, y Octavio, que punteaba con el requinto.
En su página web, antes de morir, Octavio se definía así: “Soy un arriero de profesión, de pura cepa hijueputa, me gusta el niquelao, el guaro y la tapetuza Yo soy el arracachero Me gustan las mujeres bonitas, feas, flacas, gordas, blancas, negras, monas, amarillas, cacheticoloradas, con bozo, sin bozo, limpias, sucias, cochinas, gaminas, peorras, pecuecudas, peludas, brujas, patisecas, machorras, patonas, paquidermos, paturras, rodillijuntas, patiapartadas y bien culonas; mejor dicho todo lo que se mueva se come”